Tam, tam tam, cuando el djembé y el hombre se funden en un solo reclamo denso que cimbra el
aire, el alboroto de su ánimo dilata las entrañas, porque sin hora, en la fiesta, el entierro o la
misa, retumba el vuelo cadente de un percutir que encanta.  El tambor estrangulado entre las piernas de unos músicos tallados al ton de una fibra nerviosa de ébano, hincha o contrae el ritmo y la excitación. Â
A la orilla del mar, Gorée, el islote de donde salió hacia América toda la negritud de los verdugos y
esclavos, o en pleno polvo del desierto, el djembé, símbolo de África Oriental, desborda el sudor instintivo y enardecido por un calor mucho más allá de la
piel: golpes que se repiten, multiplican y apresan su velocidad en el pecho y palmas húmedas que
brillan, prolongan el frenesí con el compás de los pies, para volver a subir y bajar su percútante pam pam
pam; tal vez mordaz rivalidad al repique de campana en las parroquias católicas, o vieja rebelión al embargo de los
invasores.  Y cuando la danza acompaña el djembé con pasos parcos o explosión de
goce, lo tangible extravía su frontera y abalanza la rabia, porque es baile negro de sangre que bulle primor
imprendible.