SANGRE
DE ARDIENTE EUCARISTIA Nicasio
Urbina Al
poeta Alfonso Cort�s B. FUGA
DE OTO�O
DESDE EL LABERINTO PRIVADO
Salir de casa fue recibir sobre la cara el sol abrazador.
La epidermis castigada por la energ�a primordial.
Somos seres alimentados por energ�a solar. El astro del trigo y la fertilidad, el astro de las sequ�as
y las grandes mortandades. Las
sombras de los grandes cedros. El
sol embrutece, embota. Camino con
paso decidido aunque tambaleante, con r�tmico vaiv�n.
La se�ora que me acompa�a
en el infeliz acto de esperar el autob�s es una mujer revolcada por la vida,
sudorosa, el entrecejo arrugado defendi�ndose del sol.
He dejado las sombras de mi cuarto, los esp�ritus escondidos en las
gavetas, los sue�os de los �ticos polvosos.
All� ha quedado la existencia privada, solitaria, el Bonifacio de los
rincones oscuros, de los libros estrujados, de las miradas profundas.
Al cabo de una larga espera el mundo se vuelve un huir despavorido. Las escenas son fugaces, vistas desde una perspectiva oblicua
y siempremutable. El autob�s a�lla
entre las aceras, requiebra en las esquinas, se impulsa raudo por las avenidas;
determinando indirectamente
Y llegar�s a un aula de �ngulos rectos, un espacio abyecto para una
clase de literatura. Al descender
del urbano te desolar� la amplitud de los campos, la prepotencia de los
edificios. Caminar�s cabizbajo,
con las manos enfundadas y ese cuadernito de notas bajo el brazo: pesaroso.
Podr�as poner mejor cara en un d�a como este en que habr�n saludos y
alegr�as. Te encontrar�s viejos
conocidos. Los ver�s desde el p�rtico,
conversando, y sabr�s que vas a ellos inevitablemente; aunque te aclaman deseos
de torcer, volverte y tomar agua y caminar en sentido inverso, o simplemente
tratar de pasar de largo, as�, ensimismado.
Descubrir�s una voz que te saluda, que pregunta; te asombrar� tu tono
agradable, tu humor jovial. Hablaban
de ti, por casualidad. Eso te
inquietar�; sabes que siempre que se habla de otro se yerra.
Al partir te sentir�s a salvo: no descubrieron tus ojos humanos tratando
de ver en las tinieblas. Al entrar
en la sala de clase te herir�n los filos de las paredes que se unen, esos filos
que por vertirse hacia afuera, hieran por dentro.
Despu�s de todo la vida es una continuidad de retratos dispuestos en
orden cronol�gico. Al beb�
acostado boca abajo tratando de conseguir el infinito le sucede un ni�o con
chupeta que se sontiene en un gran peluche.
Luego viene la mirada del que ha descubierto el yo en las percepciones
sexuales. Por all� una mueca callejera aprendida en las adventuras de
alg�n cauce inmundo. Para qu�
tendr� esas fotograf�as alineadas en la pared.
La �ltima muestra a un adolescente de ojos taciturnos. Ese soy yo hace dos a�os.
�Qu� absurdo! Ese no soy
yo ni en el momento en que el fot�grafo alem�n imprimi� la placa.
C�mo puedo guardar semejantes falsificaciones de mi propio ser:
Bonifacio al recibir su primera comuni�n. Abajo una caricatura despistada:
un garrabato de mis rasgos menos particulares. Siempre ser�s un impostor Ledesma. El pobre hombre ha de creerse un artista.
Pens�ndolo bien, el retrato es un aspecto repugnante, no hay duda.
Quiz� el autorretrato pueda ser digno de confianza: al menos el culpable
es la v�ctima. Cada hombre tiene
sus propios medios de buscarse. No,
�qu� va!, la mayor�a cree situarse plenamente y deja de buscarse. S� se�or; as� lo pensaba Alfonso Cort�s cuando empezaron
a creerlo loco.
Me incorporo y respiro fatigosamente, la lengua fr�a chupando el filo de
los dientes. Camino por la vereda
husmeando los troncos de los �rboles hasta que siento el olor fuerte,
ancestral, el tufo, el llamado de la especie:
prefiguraci�n del olor demon�aco de la hembra en celo.
Doy vuelta en derredor del �rbol buscando el poniente, el conocimiento
at�vico, y levanto la pata.
Envuelto en la niebla de una discusi�n tratar�s de comparar -siempre la
vieja man�a de comparar- los momentos de trance con la conceptualizaci�n de
esos momentos. T� tambi�n te sentir�s mordido por la serpiente del bien y
el mal y quer�s dar tu opini�n. Nadie
ha acertado seg�n tu punto de vista, y t� lo est�s viendo tan claro antes de
traducirlo en palabras. Son tan
desafortunadas las que escuchas que bien vale la pena callarse.
Pero no podr�s dejar pasar esta oportunidad despu�s de que lo has
rumiado tanto. Probablemente la
tuya, ya convertida al estrecho mundo de las dicciones resulte tan mezquina como
todas. Pero t� sabes -t� lo sabes
bien- que la raz�n predomina a lo largo del proceso creativo, que no hay
inspiraci�n m�gica (qu� va: bajar�n las musas con su lira en la mano) sino
inspiraci�n de vida. El genio no
percibe soplos celestiales sino desasosiegos humanos, alegr�as infantiles, sue�os
pavorosos, culpas y remordimientos, deseos pervertidos, risas, euforias, o el
momento sublime en que un beso deseado transforma la esencia.
No; si hablas te pierdes. Lo
sabes desde que descubriste que s�lo dominas el lenguaje de los peces, sin
repliegues, sin enga�os. El otro,
el que utilizas para escribir tus obsesiones, s�lo te sirve como el sonido de
una v�lvula de escape. �Por
supuesto que no es racional! C�mo
podr�a ser racional la imagen de un hombre destrozado nerviosamente, al punto
de arrancarse las u�as de los dedos, sentado en el piso en una penumbra
incipiente, escuchando por en�sima vez la gravaci�n de un poema de Hesse con
un fondo musical de Tchaikovsky, mientras va forjando un personaje joven,
semejante a �l pero diferente, infeliz pero intenso, grave y profundo, con el
rid�culo nombre de Bonifacio.
Este es un encuentro, mi querido amigo, me digo a m� mismo.
Los encuentros entre esta rara especie humana no son ni m�s ni menos que
el vulgar encontronazo de dos autos en una intersecci�n.
Nos recreamos, nos hacemos da�o, nos cambiamos.
Despu�s de un amor nos quedan costumbres y man�as que parecen
reproducir a cada instante a la persona que las origin�.
En los encuentros suceden cosas as�: inexplicables.
Seres cuyo solo timbre de voz me insulta, seres cuya mirada me turba y me
desconcierta, seres cuya presencia me eleva y me conforta, seres que me sojuzgan
y manejan. Porque, Bonifacio, el
que menos ha gobernado tu vida eres t�. Has
estado a merced de los otros, de los extra�os que te rodean y s�lo has
existido gracias a ellos. Cuando no
ha sido as�, has estado preconcebido por esa bestia a�n m�s temible.
T� hubieras sido un arquitecto, Bonifacio, un constructor, un erigidor -perd�name
la palabra-. Pero esa bestia te llev� a lo peor, a lo m�s bajo.
T� habr�as removido monta�as, desviado r�os, modificado los soles;
sin embargo te has conformado con ser un imitador de imperfecciones.
Y todo porque esa bestia se meci� un d�a en los juegos de tu cama, y
desde entonces te dirige.
No tendr�s que reconocerlos porque ellos te reconocer�n a ti.
Ser�n redondos y grandes, verduscos, con un fondo turbio que te recordar�
el alma de la que hablan ciertos desatinados.
Te mirar�n una sola vez, fijamente, y penetrar�n tan profundo en tu
voluntad que no tendr�n que mirarte de nuevo.
T� los buscar�s a menudo, implorando conmuten una pena sin fin; pero
los ver�s pasar con desaliento, salt�ndote sin verte, aunque ejerciendo sobre
ti esa desconocida influencia que tiene el amo sobre el perro.
Cuando m�s a salvo te creas te encontrar�s diciendo las cosas m�s
inauditas, y cuando en tus gestos busques alguna explicaci�n, encontrar�s una
sonrisa burlona de satisfacci�n y desprecio.
Entonces bajar�s la cabeza entre arrepentido y resignado, y tratar�s de
escribir algo, para explicarte. LA CAVERNA COMPARTIDA
Mira, Bonifacio, tendr�s que sufrir mucho, -me repito entre fascinado y
espantado-, t� escogiste un d�a el camino.
S� que no fue una elecci�n libre, s� que decidiste por una fuerza
subterr�nea cuyos or�genes te conducen irremediablemente al animal, a la
bestia altanera que te acosa en cada momento de soledad.
A�n as�, Bonifacio, tu optaste un d�a por dedicarte al vulgar quehacer
de imitar a los hombres, y por tanto tienes que pagar el precio.
LLegar�s a tu casa cansado, maloliente, con el sabor en tus labios del
sudor reseco: salobre y dulciamargo. Meditar�s
unos instantes bajo el cancel de la puerta y sentir�s el inaprehensible miedo a
lo cotidiano, el hast�o de los muebles, de los adornos sobre las paredes; el
cansancio de las canciones invariables, de las litograf�as est�ticas. El olor que al abrir la puerta te abofetear� iracundo y sat�rico:
es el olor del animal enjaulado. M�s
que el hedor de las heces y la carne putrefacta es la descomposici�n del esp�ritu,
la fermentaci�n del amor en las soledades, los ciclos del pensamiento puro que
tambi�n destila sus gases. Pero al
fin te decidar�s a entrar por esa puerta y te aventurar�s sin luz, pensando
que acaso en la oscuridad descubrir�s los perfiles ignotos de tu cubil
cotidiano. Te asombrar�n los
resultados. El espacio es mucho m�s
grande cuando no lo limitan esos est�pidos parapetos, esas paredes insalvables,
y sentir�s esa agradable sensaci�n de reconciliaci�n con el infinito, con el
universo negro e insondable del que un d�a emergiste.
Vivir�s los instantes m�s reveladores de tu vida, al descubrir la
totalidad en la ilimitada concreci�n de la negrura; ese espacio donde las cosas
no existen por s� mismas, sino que conviven en el todo.
Pero los momentos de mayor intensidad tienen el grave defecto de ser
pasajeros, casi ef�meros. Pronto
tus ojos empezar�n a recortar de la cartulina negra las formas vetustas de las
cosas, sus contornos y perfiles, y te encontrar�s con un mundo muy parecido al
orden lum�nico, s�lo que en vez de estar compuesto por colores estar�
integrado por sombras. Te invadir�
un desencanto indecible, una depresi�n envolvente, y con demon�aca intensidad
sentir�s la soledad interna, inmune a las multitudes y las compa��as.
Te alejar�s de tus recuerdos y de tus nostalgias, y vivir�s existencias
ajenas, sublimes y degradantes.
Pero al final siempre se cosecha, se aprende.
Tanto la sorpresa como el desenga�o son parte del proceso cognocivo
�Si alguna vez me aproximara a este acto! El lenguaje -el que empleo para escribir estas reproducciones
bastas- es un arma traicionera, desconfiable a todas luces.
Cuando empec� a escribir lo hice compelido por la necesidad de fijar mi
existencia, de precisarla en alg�n recodo de esta ci�naga.
Entonces cre� que el lenguaje era un artificio preciso.
M�s tarde me fui desenga�ando, me fui percatando que la b�squeda de la
palabra precisa era compuerta a insalvables disgregaciones.
Por eso creo que de haber un lenguaje un�voco -jam�s he descubierto m�s
all� de la geometria anal�tica- tendr�a que ser el lenguaje de los peces.
Sin embargo he de admitir que en mis incontables naufragios las palabras
han sido un asidero, un punto de referencia, aunque �ste sea como el lastre que
se amarra a un cad�ver para impedirle que vuelva a la playa.
Al dejar el taller caminar�s acompa�ado unos minutos.
Conversando, discutiendo a�n las imprecisiones pendientes.
Notar�s en algunos rostros desconsuelo: una mirada l�nguida, una mueca
balbucente. Y no sabr�s si esa
intuici�n es una realidad en el otro, o una proyecci�n tuya.
Se despedir�n en forma extra�a, est�lida; y el recuerdo de aquella
mirada marcar� esa noche y los d�as subsiguientes.
Cansado de revolver las mismas instant�neas saldr�s a la calle.
Te acercar�s a un hombre detenido en una esquina con el pretexto de un
cigarrillo. T� buscar�s los ojos
tratando de descubrir la misma desaz�n, consol�ndote con que la peste no te ha
atacado solo a ti y a los tuyos -no a tus familiares, a los tuyos- sino a toda
la especie. Te acercar�s a las
prostitutas que merodean en los portales pero su risa ser� llana.
Entrar�s en los bistr�s protervos y beber�s en las mesas, a la luz
rojiza de los candiles. Ebrio y euf�rico
te ir�s cantando canciones soeces por las calles desiertas, con la pena
aliviada por los ant�dotos, pero con el germen enquistado.
Perdido en no s� qu� tugurios, encontrar�s un llanto mantenido,
susurroblasfemiplegariamentesostenido. Te
acercar�s sigiloso y enigm�tico. Es
el rostro que se te brinda ver�s los estragos de la lucha, los negros
cardenales, el labio estripado; reconocer�s en unos ojos compungidos la pena y
la desolaci�n, el camino abrupto, la inutilidad, la impotencia; y te encontrar�s
tan id�ntico, tan fielmente reproducido, que no podr�s impedir la urgencia
inaplazable que emerge de ti, y te abalanzar�s sobre ese cuerpo fr�gil y
hambriento, hundiendo tus dientes caninos en el cuello hinchado, sintiendo en
tus fauces un desgarrarse de m�sculos y venas, de senos henchidos de miel, de v�ceras
rezumando sangre caliente, en la desesperada b�squeda de tu esencia robada qui�n
sabe cu�ndo, en qui�n sabe qu� existencia.
Desde que tus ojos me reconocieron no hago m�s que buscarlos.
En su fondo turbioverdusco residen mis m�s �ntimas voluciones: fuera de
mi arbitrio. Las cl�usulas que
entrelazo en la intimidad -no hay vocablo mas falaz que este- de mi cerebro
vienen dictadas por una entidad indefinible, y por tanto omnipresente.
Eres t� la que me obliga a cometer estas iniquidades.
He logrado precisarte en varias visiones.
Primero te recuerdo como una bestia antediluviana, enorme t� en
contraste con mis dimensiones infantiles. Luego
fuiste tomando otras figuras m�s sutiles:
el daguerrotipo de una bisabuela colgado en un ineludible pasadizo, un
amigo mayor, un personaje de Salgari. Palautinamente
te trasladaste a nuevos campos de batalla y descubriste tu basti�n en unas
caderas bamboleantes, en unos labios rojos como la sangre, en unas piernas
largas como sierpes. Siempre me
dominaste, siempre me hiciste sentir sojuzgado, uncido a tu yunta. Despu�s no te conformaste con mi secreto vasallaje, sino que
me obligaste a confesarlo, a dar testimonio de mi dependencia en libros
exasperantes. Secretamente s� que
me has conducido al trav�s de mundos extra�os que jam�s localic�.
Y ahora apareces t�, con tus ojos verduscos y el movimiento afrodis�aco
de tus caderas, para obligarme con tu presencia a contravenir mi voluntad, a
ejecutar tus designios. La sombra cuya sombra somos, como el viento de esp�ritus de
Alfonso Cort�s, que estando aqu�, de all� me llaman.
Volver�s a tu cuarto en una hora intermedia entre el ascenso del astro y
el ocaso lunar, e ir�s directamente al libro sin portada, envejecido no sol�
por el tiempo sino por las desvastadoras b�squedas.
Reeler�s m�s con la memoria que con la vista los poemas fatigados, esas
coartadas del alma en que ambos se confunden, hasta que bajo los arcos de un
cuarteto te entregues por completo a los dioses del sue�o. BAJO LAS SOMBRAS DEL CREPUSCULO
Un taller es el haz de fuerzas creadoras compartiendo el trance de la
transfiguraci�n po�tica, el compromiso del autor frente a la obra creada, un
juego polifac�tico con los seres que a mi lado se enfrentan con su creaci�n.
Eso es un taller literario, me dec�a viendo al techo de mi cuarto,
vagando por remotos senderos de la fantas�a.
Tendr�amos que vivir todos juntos, compartir la intensidad del esfuerzo,
convivir con y en los personajes a los que hemos dado vida, con los que nos
hemos comprometido y por los cuales somos responables.
�Podr�an vivir con sus personajes a cuestas el resto de sus vidas?
Conversaba con mis conocidos en su ausencia con m�s libertad y holgura
que en los di�logos reales. Es el
retorno a la idea del esp�ritu comunitario, la vida intensa de la figuraci�n
art�stica, creacional, donde el trabajo no es la obligaci�n del hombre sino su
raz�n de ser. Los rostros
conocidos gesticulaban sus argumentos, hablaban no tanto por sus palabras como
por sus expresiones. Trataban de
elucidar las zonas oscuras de la prosa. Ser�a mejor si cada uno hablase de su
experiencia, buscando en sus rincones internos la explicaci�n de sus figuras,
el c�digo de su lenguaje, el origen de sus temas.
De esta forma tal vez podr�amos llegar a conocernos, o al menos, a
comprendernos. Pero, c�mo develar
mis cicatrices ante esos rostros extra�os, como vencer el pudor y la verg�enza.
El artista se compromete con su obra porque es un miembro de su vida, el
verdadero artista, el que siente la palpitaci�n de ese ser vivo que se debate
entre el desierto y el mar. Un
taller debe ser eso: el compartir la catarsis sublime de la creaci�n, el
coexperimentar la transustanciaci�n �nica del elemento real en figura
literaria. Esa comunicaci�n
inexplicable que Cort�s defin�a muy bien diciendo:
"Abro para el silencio la inercia de la flu�da/ distancia, que no
vemos, entre una y otra vida/ y tras la cual las cosas que miramos, observan..."
Esa llamada fugaz, perceptible s�lo a unos cuantos desafortunados;
Bonifacio, qui�n te dice que es compartible.
Se comparte un bocado o un beso, pero nunca un fantasma.
Me lo digo tom�ndome por sorpresa, al asalto, y no s� qu� responderme.
Cort�s lo sent�a sin duda, reclu�do en un asilo o en unos versos:
"Yo elevar� las vastas esencias que de m� tienen una idea conforme,/
y unir� los detalles de Forma, Luz y Acento/ que unifica la p�lida lejan�a
del viento." Cada hombre lleva
un poeta por dentro, aunque a veces est� dormido.
Hace falta despertar a ese tit�n encantado y que arda el sol esa frente,
hasta encontrar la idea conforme de la que habla el poeta Cort�s.
De frente al techo concreto, impenetrable, como un gigantesco �mbolo
sobre mi cabeza, divago por desconocidas dimensiones del di�logo.
Llegar�s en el autob�s al t�rmino de tu viaje, cuando s�lo queden t�
y el conductor indiferente. Sentir�s
deseos de acerc�rtele como cuando ni�o, curioso y sorprendido, y preguntarle
por el uso de botones y perillas. Quisieras
que te dejara volver en sentido contrario, como cuando ni�o, viendo por la
ventana el mundo precipitarse en sentido inverso.
Caminar�s hacia �l formulando las frases, m�s al llegar las encontrar�s
rid�culas, y leer�s de antemano en su cara las marcas de la sorpresa y el
estupor. Te bajar�s avergonzado,
sin decir palabra. Caminar�s bajo un cielo di�fano, ausente de presagios,
mezclado en una brisa fresca: la grama muelle amortiguando tus pasos sin huella,
intern�ndote paulatinamente en el bosque.
Siempre te sorprender� la profusidad de la naturaleza, sus mil variadas
formas y su esp�ritu �nico. La
repetici�n de una esencia en diversas manifestaciones.
Es tan ingeniosa la vida que no alcanzar�s a imaginar sus posibilidades.
Desde las tenaces hierbas hasta los milenarios gigantes, desde las larvas
m�s min�sculas hasta los hombres: ese
engendro de la creaci�n desafortunadamente conciente.
Vagar�s sin preocuparte de situaci�n y direcci�n, alegremente perdido
en las hojas moribundas de los �rboles. Llegado
a un paraje desierto te tumbar�s en el suelo, viendo por entre las hojas las �ltimas
luces del cielo, los destellos fulgurantes del sol, los anillos luminosos de la
claridad descompuesta. Pensar�s
que todo es expresable en figuras, comunicable al otro que te lee.
La vida puede ser bella, tremendamente bella, si se localiza ese paso,
ese puente entre t� y tu interlocutor. Sentir�s
que es tan f�cil hacerle llegar en sus justas dimensiones la impresi�n sentida,
que justificar�s tu existencia. Pero
recordar�s que no es as�, que t� has luchado mucho por comunicarte, que has
agotado la sintaxis para lograr la frase que te explique con precisi�n, pero
siempre has terminado por renunciar a la palabra para limitarte a una mirada
oblicua, a una expresi�n de tu rostro. Te
erguir�s ya de noche, ca�das las sombras sobre el mundo, y caminar�s
arrastrando los pies, removiendo las hojas muertas, sintiendo que �nicamente
modificas el mundo que te rodea de esta manera espor�dica.
Tu orden es ineludible, imperiosa. En
silencio me conduces por parajes desiertos y �ridos, cogido de la mano: como al
loco que conducen a la sala de tratamientos el�ctricos.
Por qu� me obligas a confesar mis debilidades, por qu� te empe�as en
descubrirme. Bastar�a que clavaras
tu mirada verdosa en mi rostro para que yo claudicara a mi insurgencia. Pero,
obligarme a escribir los versos de mi derrota...
No es s�lo un castigo, es una revelaci�n forzosa.
As� es Bonifacio, el mundo es as� y t� no podr�as cambiarlo, me dec�a
a m� mismo. S�, Bonifacio Ledesma,
tendr�s que acoplarte a la vida o revelarte.
De ti depende. Si te reconcilias con la sociedad podr�s ser un ciudadano
feliz, acomodado; ser�s uno m�s entre miles; pero al menos llevar�s una
existencia soportable. No te enga�es;
entre los millones de hombres conformes tambi�n hay aspiraciones, soledades y
derrotas, hay sentimientos y fantas�as. Esos
hombres sufren y gozan. Lo que s�
te acepto es que lo hagan con menos intensidad, con m�s armon�a.
Pero si has de tomar el camino de la insurrecci�n, habr�s de prepararte
para un sendero pedregoso y solitario. Tendr�s
que viajar simpre alerta, siempre prevenido, expectante.
Encontrar�s algunos hombres que han tomado tu camino y ser�n buenos
compa�eros de jornada. Con ellos
podr�s compartir tus sonrisas y tus l�grimas, pero siempre habr� un recinto
de tu alma vedado a sus pasos: semejante al que en su alma se esconde a tu
mirada. As� es esta vida, Ledesma,
un archipi�lago inmenso y turbulento. T�,
que has decidido ser un constructor de puentes entre estos islotes, debes
considerar que el suelo es blando y que las bases de tus obras son deleznables.
Caminar�s por qui�n sabe cu�ntas horas en medio de un bosque de
gigantescos robles, empeque�ecido no s�lo por las dimensiones de los troncos
sino por el peso de tus soliloquios. Andar�s
obsedido por hostigadores fantasmas, indiferente a todo en la oscuridad de la
noche hasta que un llamado animal te saque de s�.
Buscar�s en derredor el origen del mensaje, m�s la oscuridad ser�
impermeable a tus anhelos. Emplear�s
el o�do para localizar su posici�n, pero comprender�s que no es una voz
situada en el espacio sino en la escala del tiempo, y que el lenguaje que
escuchas no pertenece a tus p�ginas sino a las profundidades del mar.
He estado esper�ndote, -le dir�s inocentemente-.
Me has buscado, -te contestar�-, en el lugar err�neo como siempre.
Tratar�s de explicarte pero ser� implacable.
S�lo el que me busca en el lugar exacto me encuentra.
T� le dir�s que lo hab�as inventado en algunos sue�os premonitorios,
pero su respuesta te ense�ar� que la intuici�n pertenece solo al mundo de los
hmobres y el lenguaje. Le hablar�s
de las horas enteras frente a una pecera observando el mundo enigm�tico de los
comentarios ondulantes, de las miradas ininterrumpidas, de las hip�rboles
exactas. Notar�s que su tono es m�s
suave, m�s confidente, y que sus expresiones encierran un cari�o profundo, una
parentela. Sentir�s sus respuestas
claramente, sin relieves, sin ambig�edades, y el �xtasis de la comunicaci�n
plena rebozar� tu esp�ritu sediento. Exige
tan poco esfuerzo explicarte de esta manera, que el di�logo es un descanso, una
forma del esparcimiento. Le hablar�s
de tu cuaderno de poemas, de los personajes que malamente trajiste a este mundo,
del amor que has perseguido en vano, de los ojos fulminantes que te acosan.
Y sus respuestas ser�n parcas pero totalizantes.
Al final tendr� que pedirte que lo dejes, que vuelvas a tu mundo.
Espantado y tr�mulo le pedir�s un reencuentro.
Te atemoriza perderlo para siempre, volver a tu soledad, a tu
incomunicabilidad. Y su respuesta ser� tan llana que partir�s contento,
renacido. |
|