AL DERECHO Y AL REVES

Roger Vilain

 

    Llegu� temprano, coloqu� el reloj encima de la mesa y proced� a desvestirme. Primero me recost� para revisar los documentos del servicio que deb�a entregar al d�a siguiente, luego apagu� la luz, dej� los zapatos a un lado de la cama y me dispuse a dormir.

    Del suelo escap� un destello borroso, una fosforescencia que produc�a paz. A la derecha unos arbustos, casi invisibles, y lo dem�s un desierto apenas roto por nuestra presencia. Not� que ten�a fiebre; pens� en la vieja, que se hab�a puesto a la orden. No le di importancia pero temblaba; sudando me levant�, envuelto en una s�bana me deslic� hasta el armario y al azar, aprovechando la luz que entraba por la ventana, encontr� dos cobijas, una encima de la otra.

    Ella apareci� con su bolso de piel, dentro de ese vestido negro que la hac�a lucir mejor. Le ped� perd�n, no el perd�n de los hombres sino ese que piden los ni�os, de una vez y para siempre. Me mir� con extra�eza, como si fuese la primera vez.  Podr�a jurar que era ella. Cristina, ahora con la boca de rojo, con ese cuerpo de hoja. La recordaba bien desde mis a�os en la escuela, desde mis once a�os que no impidieron una declaraci�n de amor, ni un beso imaginario detr�s del muro del colegio. En el patio, a esas horas despu�s de clase yo me entregaba a la tarea excitante de observarla, de seguir el paso de sus ojos que a veces se topaban con los m�os.

    Me cambi� de posici�n, pas� la punta de la s�bana por encima de la frente y limpi� el sudor. Lo salobre me llegaba hasta los labios; me dol�a el cuerpo. Tom� sus manos, sent� sus dedos afianz�ndose con fuerza como en el intento de que el silencio hiciera  lo dem�s. El sudor era mayor, el silencio absoluto me tragaba por entero.

-Siempre he dicho que no existe el absoluto-, pens�.

    Volv� a secarme, cerr� los ojos otra vez y dese� estar con ella, quise morir y regresar a una �poca de cosas imposibles hoy, porque la edad es el freno de la claridad y la imaginaci�n choca contra un muro demasiado real. Corr�a hacia la sala de canto, usaba el uniforme violeta con la M.I. de �Mar�a Inmaculada� prendida sobre el bolsillo izquierdo de la camisa. La vi entrar por el pasillo de paredes verdes, con el pelo alborotando su imagen de disculpa, de pronta incorporaci�n a la faena. Ah� estaban las canciones que despu�s acabar�an en la misa del domingo. Me mir� de frente, no hizo m�s que sonre�r.

    Grit� su nombre en la calle, alter� la tranquilidad de una esquina para llamar su atenci�n en medio de la gente. �Historia de ayer� fue la pel�cula del d�a, a ella le hizo gracia pero a m� me dej� el sabor de un tono empalagoso, de novelas de amor como las que pap� grande le�a despu�s del noticiero de las cinco.

    La sed demasiado brusca, el calor, el coraz�n perfectamente audible: tactac, tactac, tactac. Me solt� una cobija, el gato se callaba por momentos para reaparecer con la fuerza del primer maullido. Decid� ladearme hacia la izquierda y encontr� en su rostro un barniz rosado, con el brillo opaco sobre los labios que dejaba traducir la osad�a heroica de los quince a�os. El cuaderno de Lat�n, la pizarra sucia de polvo blanco que presenci� mis sobresaltos, mis nerviosismos disimulados a medias y que ella gozaba hasta decir basta. Le entregu� el poema que hablaba de las rosas rojas, de las rosas blancas y de las rosas como ella. Lo escrib� en una noche. Como siempre ella ri�. Con lentitud pas� la vista por encima del papel y luego lo dobl� con suavidad, hasta dejarlo entre las p�ginas de un libro. Luego supe que dorm�a con �l debajo de la almohada y que lo mostraba a las amigas de la escuela.

    Me incorpor� sorprendido por las n�useas. Palp� varias veces el cuello para percatarme de la fiebre. Estaba mejor, al menos no hab�a fr�o. La sed persist�a a�n pero fui incapaz de levantarme; prefer� la seguridad de mi cobija.

-La vida es un inmenso helado-, coment�.

-De mantecado-, agreg� ella.

    Estaba en casa, hab�a regresado. Ya en la habitaci�n recordaba esos gestos que volcaban mi atenci�n en todo momento sobre ella. Lleg� a decirme, como si de una sagrada confesi�n se tratase, que la poes�a era una vaina extraordinaria. Me dijo que de grande ser�amos poetas, eso s�, poetas de pluma, de libros y de vida. Que el mundo de las cosas era la equivocaci�n m�s grande y que por eso se quedaba con lo otro, con lo que prefer�a no explicar porque yo a lo mejor no entender�a.

    Sent� n�useas nuevamente, mucho m�s fuertes esta vez. Lleg� a mi boca ese sabor �cido y amargo de la bilis; lo intent� dos veces y no pude. Saqu� los brazos de entre la mara�a de trapos: cuatro y cincuenta. El auto se detuvo frente a la casa de mis padres y percib� la lluvia suave, m�gica, como una piel por encima de las cosas. Ella cuidaba de la abuela. Sus manos delgadas, muy delicadas, sosten�an la taza de caf� que extendi� para ofrecerme. El chico lloraba y dijo que lo llevar�a al doctor, que la fiebre lo atac� mientras dorm�a.

    De un salto me deshice de las s�banas. Medio aturdido, busqu� en el piso con los pies y encontr� las pantuflas debajo de la cama. Hab�a amanecido por completo. Fui al ba�o, no quise afeitarme porque no me sent�a del todo bien, cuesti�n evidenciable en unas ojeras muy marcadas. Luego abr� el chorro de agua tibia para limpiarme los dientes. Son� el tel�fono y Cristina, mi mujer, llam� desde tan lejos para hablarme de otras cosas.

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