MATEO Y LA BOLSITA DE ORO


Raúl Valdez

 

Había una vez un chiquito llamado Mateo, Mateo era muy curioso y un día había ido a la casa de su abuela y buscando dentro del patio, había encontrado un cajón con bordes dorados y un gran candado al frente.

Mateo corrió a buscar dentro del cajón donde la abuela guardaba sus llaves hasta que dio con la llave que le hacía a este cajón, introdujo la llave, y no vio nada, metió un poco la cabeza y... vio la parte de arriba de un árbol, no lo podía creer se agachó un poco más y perdió el equilibrio y cayó.

Duro fue su golpe pero cuando despertó miró a su alrededor y vio un inmenso jardín rodeado de árboles de frutas, pajaritos de todos los colores y un jardín verde como nunca antes había visto.

Comenzó a caminar y se encontró con un enanito que estaba llorando sobre una piedra, se le acercó y le preguntó al enanito por que lloraba.

Es que el gigante se ha llevado mi bolsa con oro, ese oro lo había guardado de toda la vida y me han dejado sin nada, no sé que hacer, por favor ayúdame, le dijo el enanito.


Ilustración: Carolina Pérez.  Animación: Francisco A. Villarreal

Mateo no sabía que podía hacer pero prometió ayudarlo. Se dirigió hacia el enorme castillo del gigante y lo encontró tomando vino en una mesa contando las monedas que le había quitado al pobre enanito, el gigante realmente era grande parecía del tamaño de una montaña, y la mesa era tan grande que parecía como una cancha de fútbol.

Mateo se fue al baño de gigante y del botiquín recogió dos pastillas que las llevó y en un descuido las metió dentro de la taza en que el gigante estaba tomando su vino. Las pastillas eran para dormirlo, y efectivamente cuando tomó su vino el gigante se quedó dormido.

Cuando se dio cuenta que estaba bien dormido se trepó por la pata de la mesa y recogió la bolsa llena de oro, se ató la bolsa a su espalda y con un hilo que había sobre la mesa lo ató a un clavo que encontró y pudo bajar de esta altísima mesa.

No perdió tiempo y salió corriendo del castillo en busca del enanito. El enanito no podía creer lo que veía Mateo había podido recuperar su bolsa llena de oro. Se pusieron muy contentos pero al rato Mateo se sintió triste y el enanito le preguntó qué le pasaba.

Es que no sé cómo llegar a mi casa y le contó al enanito la manera en que había llegado a este sitio.

Resultó que el enanito era en realidad un duende y le prometió ayudarlo a llegar a su casa, le pidió que comiera de una fruta roja que estaba dentro de un arbusto y se quedó profundamente dormido.

Su abuela lo encontró dormido al lado de la caja, pero al costado de él había una pequeña bolsa con unas moneditas muy chiquitas de oro.

 

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