EL SE SABIA EL CAMINO... Luis
E. Prieto ��l se
sab�a un camino J. M. Pem�n Siempre
hab�a sentido una atracci�n m�gica por el mar... De
ni�o, pasaba largas horas mirando ensimismado el flujo y reflujo de las olas
cuando ven�an a besar a las arenas de la playa y luego se iban para ser
sustituidas por otras con espumas cambiantes en el aire. De
joven, el mar hab�a sabido de sus amores furtivos y de sus apasionados idilios
con mujeres casadas que jugaban con su rom�ntica pasi�n desenfrenada muy cerca
de las dunas, cuando el sol hac�a raya con el horizonte de las aguas. De
adulto, hab�a cantado al mar en las noches de penumbras, econ�micas y filos�ficas,
en los amaneceres del Prozac y del Transilium, en los escasos j�bilos del alma
que le hac�an salir a buscar al salitre y a las brisas marineras... Ahora
era viejo, rondaba los 84, y hac�a dos d�as que le hab�an dicho en el
hospital que ten�a una leucemia en fase bl�stica. La verdad es que no le
sorprendi� demasiado y tampoco le impact� sobremanera. Hac�a ya 5 a�os, -desde
que muri� Marta, su mujer-, que hab�a decidido dejarse ir sin ning�n
entusiasmo, y los d�as y las noches eran demasiado iguales, demasiado vulgares
para �l. Despu�s de escuchar el diagn�stico le pregunt� al doctor qu�
significaban exactamente aquellas palabrejas desde el punto de vista de su
futuro. El m�dico balbuce� aquello de �hombre, a su edad...�, y �l no
necesit� mucho m�s para saber lo que quer�a escuchar. Contest�, demasiado
tranquilo, con la tranquilidad de estar en paz consigo mismo, unas palabras que
le salieron bordadas a pesar de no haberlas preparado: �Pues nada, doctor,
hasta la otra vida...si es que existe�. Se apoy� en el bast�n, se levant�,
y sali� de aquel hospital mastod�ntico para no volver nunca jam�s. Aquella
tarde de Junio el aire ol�a a tormenta cargada de ozono y de presagios. El
viejo hab�a preparado concienzudamente desde el d�a anterior su corto viaje
hacia la playa, a�n poco concurrida, que estaba a 2 kil�metros de su casa.
Rebusc� entre sus antiguas casetes de m�sica una que ten�a las tapas gastadas
y el papel amarillo por el tiempo, y la guard� en el bolsillo de su pantal�n
mientras recog�a aquel walkman
que se hab�a comprado hac�a unos meses. Antes de salir de casa tom� el bol�grafo
y, con el pulso firme, escribi� en una cuartilla en blanco que ten�a preparada
unas palabras: POR SI ALGUIEN LO LEE... ME
VOY. YA HE CUMPLIDO. ADIOS. HASTA LA PR�XIMA... Dej� la hoja en la mesa
del sal�n, cogi� el bast�n, se cal�
su gorra compa�era, y se alej� andando de la casa. En
esa hora del crep�sculo donde el mar se junta con el cielo y el rumor de las
olas y de las gaviotas ti�en el aire de nostalgias, en esa hora de la tarde
veraniega donde el salitre acumulado deja gotitas suspendidas en el aire denso,
se sent� muy cerca de las olas y conect� su nuevo walkman
mientras su mirada se alejaba perdida por el horizonte de las aguas. Acaba
de escuchar �Palabras para Julia� en aquella cinta que hab�a rebuscado, y
sab�a que estaba a punto, Rosa Le�n, de comenzar a cantar aquella canci�n
nost�lgica que siempre le conmovi� y que se titulaba �A por el mar�. Se
puso, con cierto esfuerzo, de pi�, se fue desnudando lentamente, con esa
parsimonia que solo la edad y el saberse en el final concede, y una vez desnudo
empez� a caminar tranquilamente adentr�ndose m�s y m�s en las aguas de la playa, entre sus amigas las olas, que fundieron su cuerpo en
un abrazo largo y solidario. En la orilla el walkman segu�a lanzando al aire de la noche aquella nost�gica canci�n en la voz desgarrada de Rosa Le�n: �A por el mar que ya se avecina, a por el mar, promesa divina de libertad...�
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