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¡Que no!, mujer, que no valen la pena
Angustias, pesadumbre, y triste llanto;
No estés tan consumida en tu quebranto
Teniendo por delante vida plena.
Que está henchida de mieles tu colmenaÂ
Y sobra quien libar quiera tu encanto;Â
Ninguno se merece que ames tanto
Que sufras la obsesión que te enajena
No pienses con tristeza y desconsueloÂ
Que tienes que morir o mendigar,
Rogando a un corazón de duro hielo.
Peor es claudicar que diez mil muertesÂ
Y pues quieres vivir, sufrir y amar
Confía en que el Señor reparta suertes.
Habrá más hombres fuertesÂ
Que aviven de tu pecho los latidosÂ
Y vuelvan a entonarse tus sentidos. |
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No hay luz, ni amor, ni brillo en tu mirada,
Ni fuego, ni cariño, solo herida
Que mísera en tu alma carcomida
Acosa mi esperanza defraudada.
Nada queda de la pasión pasada,
Ni pueden las caricias darle vidaÂ
A una nueva efusión que, ya torcida,Â
Traiga nueva amistad, nueva alborada.Â
No habrá para el recuerdo algún retazo
De amor perdido, sino solo encono,
De llanto, de amargura y abandono.
Fatídico me asalta el cruel zarpazo
De un hálito fatal, siniestro y frío,Â
Que amargo me recuerda tu extravío.
Que pena que un desvío
De loca juventud desenfadada
Aborte una pasión seria y honrada.Â
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