Había una vez una niña muy linda que se llamaba María Elisa. Tenía unos dientes
preciosos, blanquísimos que hacían contraste con su pelo negro.Â
Una tarde comiéndose una galleta, se le movió uno de los dientes. Desde ese
momento, empezó a jugar con la lengua, tocándoselo a cada rato. Diariamente sentía que estaba más y más
flojo. Hasta que una noche se le enredó el diente en un pitillo.
- ¡Se me cayó!Â
Ese día, visitó a su tía. La saludó muy sonreída:
- ¡Mira, tía!Â
- ¡Maria Elisa! ¡Ajá! ¡Tremendo hueco! ¡Estás grandísima! ¿Y cómo fue
eso?
- Estaba tomando jugo de manzana con un pitillo y se me salió solito.
- ¿Solito?
- Si tía, estaba guindando.
- ¿Se te metió dentro del pitillo?
- No tía, ¡Qué cómica! ¿Cómo se te ocurre?
- ¡Mari, te ves preciosa!Â
Esa tarde, la tía le contó que en la noche la visitaría el Ratón Pérez y le traería una
sorpresa. María Elisa le pidió permiso para quedarse a dormir en su casa y ella le dijo que
sí. Pero al irse sus papás y su hermanito, se dio cuenta de que no tenía el diente para ponerlo debajo de la
almohada.Â
- ¿Y ahora, qué hago tía?Â
Entonces, se puso muy triste porque el Ratón Pérez no la encontraría. Empezó a llorar y cuando la tía la
vio, la abrazó con cariño:
- ¿Por qué estás llorando mi Mari querida?
- Es que no tengo el diente conmigo. ¿Cómo va a saber el Ratón Pérez que yo estoy
aquí?
- ¿Y si llamamos a tu papá?
  Ilustración:
Carolina Pérez, animación: Francisco Villarreal
Maria Elisa lo llamó llorando:
- Papá, el diente se me quedó en la casa y ahora no sé qué voy a hacer.
Y él le contestó:Â
- No te preocupes, María Elisa, que yo le voy a dejar una nota al Ratón Pérez con la dirección de tu tía para que cuando pase a buscar tu diente sepa en dónde dejarte la
sorpresa.
- ¡Gracias, papi! ¡Te quiero mucho!Â
- Yo también te quiero mucho.
Mientras tanto, María Elisa estaba tan emocionada con la llegada del Ratón Pérez que le preparó una
bienvenida; le escribió una carta, le puso un pedazo de torta y le sirvió en un plato hondo la
leche, porque un ratón no puede tomar en vaso. Después, señaló con unas flechas
rojas, pintadas en el piso, el camino hasta la habitación donde ella iba a dormir esa
noche.
Quería esperar despierta al Ratón Pérez, pero tenía muuuuucho sueño. Luchaba por no cerrar los ojos pero se medio
dormía, volvía a despertarse, parpadeaba varias veces, hasta que finalmente se que quedó
rendida.Â
En ese mismo momento, el Ratón Pérez pasó por su casa y encontró la nota. La leyó con mucho
cuidado, anotó la dirección de la casa de la tía: "Esto está muy cerca de
aquí, no hay problema. María Elisa va a recibir su regalo."
Estaba muy oscuro y el Ratón Pérez alumbraba su camino con una linterna. Las aceras eran muy altas para
él. Le costaba atravesar las calles por encontrarse con unos charcos de agua
gigantescos. Tenía que dar grandes saltos para alcanzar la otra esquina. De pronto, se tropezó con un gato peludo y grande que lo acorraló y trató de
comérselo, pero él astutamente se le escabulló entre las patas y salió
corriendo. Con mucha dificultad logró llegar. Vio las flechas rojas y las siguió hasta encontrar la cama de María Elisa. No había comido desde temprano porque estaba repartiendo regalos a todos los niños que se les había caído un diente ese
día. La barriga le hacía mucho ruido. Cuando vio el plato con la torta y la
leche, se lo comió y bebió todito…
- ¡Hum, hum, esto sí que está delicioso! ¡Que niña tan especial que pensó en mi!
Tomó el diente y le dejó lo que tenía para ella, pero antes de irse, le escribió una carta dándole las gracias por la torta y la leche tan
deliciosa.
Al día siguiente, María Elisa se levantó temprano y se encontró con un billete y unas moneditas que le había dejado el Ratón
Pérez. Leyó la carta y, de repente, se fijó que había escrito un número. En ese
instante, se dio cuenta que era el de un celular y gritó:
- ¡Tía, tía! ¡Mira, mira! Vamos a llamarlo.
María Elisa marcó el número de teléfono.
- ¡Aló! Hablas con el Ratón Pérez, ¿Quién eres tú?
Ella no lo podía creer: ¡Estaba hablando con el Ratón Pérez!
- Soy yo, María Elisa, Sr. Pérez; muchas gracias por traerme esa sorpresa tan
buena. Lo que más me gustó fue que me dejó su teléfono. Yo quería conocerlo y lo estuve
esperando, pero me quedé dormida. ¿No le importaría levantarme la próxima vez que me
visite?
- ¡Claro, Maria Elisa! Cuando se te caiga el próximo diente, yo te despertaré con mucho gusto. -Se quedó callado un segundo y
dijo: ¿Qué te parece siiiiiii... te despierto la próxima vez y... nos tomamos un chocolate caliente con una tortita tan rica como la que me preparaste
ayer?Â
- ¡Sí, sí, Sr. Pérez! Esa idea me encanta y me pondré mi pijama azul más
linda.
Ese día, salieron María Elisa y su tía a buscar un cuaderno en la
librería. Ella estaba tan contenta, que le iba enseñando el billete a todo el mundo y les contaba que ella había hablado con el Ratón Pérez por su
celular:Â
- Yo hablé con él y aquí está su número.
Una señora le dijo:Â
- Qué suerte tienes porque el Ratón Pérez no le deja su número celular a todos los
niños.
Pasaron los días y cinco meses después, otro diente empezó a aflojarse. María Elisa se puso muy contenta y esperaba con impaciencia poder
conocerlo. "Yo quisiera saber: ¿Cuándo se me caerá este nuevo diente? ¿Será
mañana? ¿Tendré que esperar muchos días? ¡La próxima vez si conoceré al Ratón
Pérez!"Â