Brillaban las montañas. Adelante una amarilla parda. Al fondo otra, profundo verde
oscuro.
En la infinitud azul, pinceladas grises de nube, de un amoroso pintor...
Aquella mañana vibraba toda, en un canto de paz, cuando apenas faltaban cuarenta y dos horas para que llegara el año
nuevo.
Sobre la pequeña roca que estaba sobre la gran roca que estaba sobre la cima de la hermosa montaña amarilla
parda, una hormiga se asoleaba, pensativa y preocupada.
Era una hormiga tecnológica.
Aunque diminuto, su ordenador estaba conectado al resto del hormiguero mundial... y era por eso que se hallaba
preocupada.
Ajá... ¿no me entienden?Â
Bueno, permítanme explicarlo. Como Inquilina (así se llama la hormiguita de este
cuento) estaba al tanto de todo lo que ocurría en el hormiguero mundial, en verdad tenía motivos sobrados para estar
preocupada.
Aunque era verdad que ella nunca terminaba de agradecer al Creador del “redondo-azul-hermoso”
hormiguero, por la belleza y paz de las montañas y la dulce quietud del pueblito que estas
cobijaban, cual madres amorosas.
¡Ah!... por supuesto, agradecía mucho que su “observatorio” estuviese en la cima de la montaña amarilla
parda, desde la cual tenía una vista maravillosa del valle, el pueblito y todas las
montañas.
Aquella mañana en especial, Inquilina se hallaba muy preocupada, porque en la pantalla de su ordenador pudo ver las desastrosas imágenes de un mar
embravecido, que ahogó a miles y miles de hormiguitas, allá, al otro lado del
mundo.
Ilustración y animación: Francisco
Villarreal
Catástrofes y más catástrofes... ¿Por qué? ¿Por qué? No cesaba deÂ
repetirse la pequeña.
De repente, revisando su correo electrónico, halló un mensaje deÂ
“hormiguero @patablanca.com”. Lo enviaba su amiguita Patablanca,Â
de la colonia que habitaba la cima de la montaña profundo verde oscuro.
El asunto decía simplemente: “urgente”.
El mensaje: “toma vuelo de las 6 am. Te espero”.
Eran las seis en punto de la mañana y nuestra amiguita Inquilina estaba lista sobre su
roca, esperando el vuelo de esa hora.
De repente apareció majestuoso el “avión”.
Aquél hermoso gavilán hizo uno, dos, tres planeos sobre la roca antes de
aterrizar, o mejor, “arroquizar”.
En un santiamén la hormiguita abordó y se puso cómoda, arrellanándose en su exclusivo asiento de
plumas.
¡¡Que bello era volar!!
Entre las dos montañas descansaba plácido el Valle de Aguirre., con sus sembradíos y casitas, todo hermoso como un
sueño, o un cuadro de acuarelas. El viento silbaba y soplaba, empujando hacia atrás las antenitas de
Inquilina.
“Cuanta suerte tienen las aves” –pensaba Inquilina El vuelo es la máxima expresión de
libertad, donde sientes y reconoces la grandeza del Dios creador...
Mientras la bella montaña profundo verde oscuro se acercaba, la simpática hormiguita razonaba
así: “de todas formas, las bellas aves no pueden disfrutar de nuestros acogedores túneles ni saborear los deliciosos hongos que
cultivamos... ¡Definitivamente la Naturaleza es sabia, cada quién en lo suyo y con lo
suyo!
La Copa.
Así se llama la montaña hermosa profundo verde oscuro.
Los agudos silbidos del enorme gavilán alertaron a Inquilina. La Copa estaba
ahí, imponente, cual poderoso gigante entronizado por la Naturaleza, para ser guardián fiel del
valle.
El “avión” hizo uno, dos, tres planeos gráciles antes de aterrizar o “arroquizar” sobre la enorme piedra donde esperaban a
Inquilina.
Ningún aparato tecnológico de los humanos habría depositado en tierra a la hormiguita con la suavidad que lo hizo aquella hermosa
ave.
Su vuelo regresaría a las seis de la tarde.
La hermosa silueta del gavilán se recortó contra el azul cielo, ala
extendida...
Sobre la roca estaba Patablanca, saludando emocionada. Las hormiguitas entrechocaron
antenas, cariñosas...
Después de su efusivo saludo, la hormiga Patablanca pidió a Inquilina que la acompañara hasta su
ordenador.
Una vez frente a este, hizo un recorrido por el globo en la pantalla.
“Observa Inquilina... las hormiguitas estamos torturando, destruyendo al
mundo... nos estamos quedando sin planeta.”
Patablanca dijo a Inquilina que todo esto ocurre porque estamos muy lejos de tener una verdadera conciencia
planetaria. Porque las hormiguitas ignoran que la tierra en su conjunto es un ser vivo, al que le están extrayendo la
sangre, que es su petróleo. Le están envenenando su líquido vital que es el
agua...
Y la tortura sigue –dijo Patablanca- las inconscientes hormiguitas están sofocando el
globo, privándolo del oxígeno con la tala de los bosques, ofreciéndole a
cambio, para respirar, contaminación de toda índole.
Pero ese montón de chimeneas no solo contaminan al pobre globo azul. También lo
sobrecalientan, aumentando su temperatura y es así que hoy la tierra tiene más de cuarenta grados de
fiebre...
Es por eso –continuó Patablanca- que los desastres naturales se están
multiplicando.
La tierra se revuelve, querida Inquilina –dijo Patablanca mostrando la
pantalla- no es casualidad que los elementos estén castigando a las hormiguitas
tecnológicas.
Se trata de un acto reflejo de ese ser vivo que es la tierra, intentando protegerse de tanta
agresión...
Inquilina, pensativa y silenciosa observaba las desastrosas imágenes del
ordenador, a tiempo que en su mente se abría paso la interrogante: ¿Qué
hacer?
¿Qué hacer? –adivinó Patablanca- Es sencillo querida Inquilina. O detenemos la agresión contra nuestra amada tierra o...
No lo digas –interrumpió Inquilina- vamos a utilizar toda nuestra tecnología para que ni una sola hormiguita se quede sin
información. Que en todos los rincones del mundo, por Internet, la prensa, la radio, la
televisión, con avisos luminosos en el cielo, al frente de cada hormiguero, cada barco en el mar, cada una de las
hormiguitas, tecnológicas o no, en nuestras escuelitas, colegios y
Universidades, se informe y solo se informe acerca de... ¡conservar nuestro
planeta!
Las hormiguitas entrechocaron nuevamente sus antenitas, emocionadas.
El tiempo se había ido volando... y a propósito de vuelo, allá a la
distancia, en el cielo se recortó la silueta del “avión” que regresaba por
Inquilina.
La magnífica ave, luego de hacer sus acostumbrados y gráciles planeos, “arroquizó” suavemente junto a las pequeñas
hormiguitas.
Luego de abrazar a Patablanca, Inquilina dio un salto... a una de las poderosas garras del
gavilán. Y trepó por ese especial “tren de aterrizaje”, llegando hasta su elegante
cuello, donde volvió a arrellanarse, jubilosa, entre el magnífico asiento de
plumas...
De regreso, una vez más, la pequeña se extasió, ante la magnificencia y hermosura del
paisaje.
Ningún pintor –pensaba Inquilina- ningún poeta... solo el amor del Creador...
El gavilán, que sintió las vibraciones mentales de su única tripulante, tomó más
altura.
El fantástico cuadro cambió: cordilleritas y valles de juguete... casitas y sembradíos diminutos de
juguete... ¡sublime cuadro de juguete!
Las lágrimas de las hormigas son imperceptibles por los humanos. Son más delgadas que un cabello de
éstos.
Inquilina lloraba.
Mientras limpiaba las lágrimas con sus antenitas, con amarga tristeza se hizo esta
pregunta: ¿Por qué las hormiguitas tecnológicas queremos destruir el amor de
Dios?
Desde ese día Inquilina redobló sus esfuerzos para evitar la destrucción de nuestra única casa en el
Universo......