Este reino existía más allá de la última nube, cerca donde habitan los
vientos.
La particularidad de tal reino consistía en que su rey jamás dejó de ser
niño. Coleccionaba juguetes de todo tipo. Montaba un caballito Pony, leía muchísimas comiquitas y le encantaba comer
helados.
Aún en los asuntos más serios del reino, cuando todos los nobles se hallaban
reunidos, el rey daba tres palmadas y al instante le acercaban una enorme bandeja con diferentes helados de crema…
El soberano escuchaba atentamente todas las propuestas y asuntos de su reino, mientras comía y comía helados de
crema, chorreando íntegra su real barba...
Ilustración: Carolina Pérez,Â
Animación: Francisco Villarreal
En un inmenso sector de los jardines internos de palacio, había acondicionado un parque infantil donde estaban todos los personajes de las
comiquitas, hechos en un material que solo conocían los magos de su
reino.
Era tan especial dicho material, que a las estatuas de las comiquitas les daba brillo y...
¡vida propia!
Allí se reunía con los niñitos y niñitas del reino y pasaba largas horas,
jugando, corriendo y devorando montañas de helado que compartía
cariñoso.
Cierto día llegaron a buscarlo muy preocupados sus asesores. Un reino vecino les declaraba la
guerra. La batalla sería al otro día.
El rey enemigo, en un gesto de hidalguía y nobleza, permitió que el rey niño escogiera las armas con las que
pelearían.
Llegó el otro día.
Los batallones, en perfectas formaciones, estaban frente a frente…
El rey niño ordenó entregar armas a cada bando.
Primero fue un murmullo... luego risitas... luego carcajadas, después aplausos y finalmente
abrazos... ¡¡todas las armas eran de juguete!!