EL DOS Y EL TRES DE MAYO

Ana Mar�a Nemi G.

 

I

El escritor ingresa al Museo del Prado. A esa hora temprana no hay tantos turistas como en otras del d�a. Pasa por los controles de acceso y se dirige, directamente, a las salas de Goya. Transpone el portal de la que lleva el n�mero treinta y nueve y se detiene frente a los dos grandes �leos colgados sobre el mismo muro, uno junto al otro, atrapando las miradas de los visitantes con la imponencia de las tragedias que ambos representan. Son los denominados "El 2 de mayo de 1808 en Madrid, la lucha con los mamelucos" y "El 3 de mayo de 1808 en Madrid, los fusilamientos en la monta�a del Pr�ncipe P�o", tambi�n conocidos como "La lucha con los mamelucos en la Puerta del Sol" y "Los fusilamientos de La Moncloa". Esos lienzos son hoy el �nico objeto de su presencia en el museo. Toma asiento en la asc�tica banqueta emplazada para su contemplaci�n y los examina, con respeto y deleite. 


Los fusilamientos de La Moncloa, Goya
Su vista recorre pausadamente ambos cuadros. Primero observa la composici�n general, luego se demora en particular en cada uno de los elementos que los conforman, tanto en los personajes, como en los caballos, la indumentaria, las armas, en todas y en cada una de las partes que integran aquellas obras. Aprecia el equilibrio de las composiciones, la invisible geometr�a que las ordena, el soberbio contraste de las luces y las sombras, la sobriedad de los colores, el dramatismo de las escenas -captado con rigor hist�rico y sensibilidad po�tica - la vivacidad de las expresiones de cada rostro -dise�ados con pocas pero magistrales pinceladas, seguras y poderosas - y su mirada pasa de una tela a la otra, analiza, juzga, admira... 

Para �l, ambas pinturas son como una sola. Constituyen dos p�ginas sucesivas de la historia, contadas por un novelista que, en vez de pluma, emple� los pinceles. Saca una libreta, empu�a el lapicero y bajo la recelosa mirada del guardia de seguridad, comienza a escribir sus notas.

II

Aquello se ve�a venir. A m� no me interesaba para nada la pol�tica, que es cosa de se�ores, pero esos franceses, de verdad, me resultaban antip�ticos, como a casi todos. Algunas mujeres, caso de la Manola, se dejaban deslumbrar por uniformes vistosos, corazas relucientes y entorchados dorados, pero a m�, �que no me vinieran con tantos oropeles!; sab�a que si estaban aqu�, en Madrid, no era para nada bueno y ya se vislumbraba lo que se tra�an entre manos. Mi compadre, Pepe de Vallecas, que es muy versado en esas cuestiones, porque lo educaron los curas, me hab�a ilustrado lo suficiente como para que supiera que nos qued�bamos sin Rey (o que ten�amos dos, que es lo mismo que ninguno), que los se�orones de la Junta no eran si no t�teres del Emperador, que �bamos a dejar de ser Espa�a para resultar s�lo un jir�n del Imperio Franc�s y que ahora, adem�s, pretend�an llevarse a la familia real a C�diz, o a Las Indias... al destierro.


Yo, mis amigos, mis familiares, la gitaner�a toda (porque los gitanillos somos espa�oles como el que m�s) y el pueblo llano, sin excepciones, est�bamos azorados por los acontecimientos, desconcertados, ignorantes como siempre, y furiosos. Las noticias nos llegaban fragmentadas y contradictorias. Viv�amos en estado de asamblea permanente sin que nadie se lo hubiera propuesto expresamente, pero exist�a en nosotros una comuni�n espont�nea que nos amalgamaba, un sentimiento de pertenencia que nos convocaba a la defensa y una noci�n de patria que nos hermanaba. El vernos despojados de soberano y de identidad despertaba en nosotros emociones que hasta ese entonces, al menos yo, desconoc�a. Luego de la ca�da de Godoy, la abdicaci�n de Nuestro Soberano, el fugaz encumbramiento del Pr�ncipe Fernando y la ambigua actitud de don Carlos, superaban la capacidad de comprensi�n del paisanaje, pero una cosa ten�amos bien en claro: sin Rey, no habr�a Espa�a. 



La lucha con los mamelucos en la Puerta 
del Sol, Goya

Por eso estuve all�, en el Callej�n de la Duda, combatiendo codo a codo con ese tendero de la Calle Mayor, que reconoc� entre el gent�o y aquel boticario que se hab�a instalado cerca de San Felipe del Real, con un fusil que no s� c�mo hab�a llegado a mis manos inexpertas - porque ellas s�lo saben rasgar la guitarra, que es mi profesi�n- y manchadas con la sangre del coracero que her� de un navajazo en la confusi�n de la batalla informe, combate que luego se extendi�, casa por casa, por plazas y aceras, sin orden ni concierto, sin jefes ni adalides.

La insurrecci�n se hab�a propagado como un reguero de p�lvora. El levantamiento hab�a sido espont�neo, sin planificaci�n alguna. Resonaban los disparos por doquier. Retumbaba el fragor de la metralla francesa. Los tiros de las pistolas y de los fusiles se mezclaban con el clamor de las v�ctimas que ca�an por decenas. Los mamelucos causaban estragos con sus sables curvos. Los caballos embravecidos pisoteaban y coceaban a quienes intentaban contener su galope. Por all� se derrumbaba un soldado polaco de la Guardia Noble alcanzado por un disparo certero, pero era sustituido por otros, que acud�an en tropel. Los granaderos del Emperador, ora se impon�an con su mejor armamento y rigurosa disciplina, ora eran superados por la plebe enardecida que los envolv�a en oleadas de exasperaci�n y de furia. El aire ol�a a azufre y a sangre derramada a mares.

La carnicer�a s�lo tuvo su fin cuando las tropas francesas, acantonadas en las cercan�as de la ciudad, irrumpieron concertadamente por las calle de La Montera, por la de la Carretas y la Carrera de San Jer�nimo. Luego de una intensa lucha se sum� la divisi�n de San Bernardino, al mando de Lefranc, que apareci� por las Salesas Nuevas. Las tropas galas continuaron avanzando por calles y plazas, dominando totalmente al pueblo que, finalmente derrotado ante la superioridad del enemigo, fue bajando los brazos y ocultando los cuchillos, los pu�ales, las navajas y cuanto m�s hab�a servido de arma contra el invasor, y a la vez retrocediendo precipitadamente hacia el moment�neo refugio que representaban sus viviendas, o las posadas, o los bodegones, o los almacenes, cualquier lugar, donde quedara a salvo de la represi�n que se avecinaba y de la justicia con sabor a venganza que seguramente impartir�a el triunfador. Las calles quedaron sembradas de cad�veres y de heridos que no hab�an sido socorridos, cubiertas por escombros, ladrillos y cuanto objeto hab�an arrojado los madrile�os desde los balcones a modo de improvisados proyectiles. Y en ese portal de la Casa de O�ate, la de muros desconchados por las balas, qued� yo, con el arma humeante a�n en la mano, cuando fui apresado por los franceses.

III

Me llevaron a su campamento. El juicio, si lo hubo, fue general y sumario. El bando era preciso: "los que sean encontrados con armas, ser�n arcabuceados". La sentencia fue el fusilamiento. Morir�a esa vigilia. La noche era fr�a, como suelen ser las de la primavera madrile�a. El aire me tra�a el rumor de las frondas. Me pusieron contra el pared�n, junto a otros infelices. A mi derecha, quedaron los cad�veres de quienes me hab�an precedido en la ejecuci�n; pr�ximo a m�, oraba un reo; a mi izquierda, aguardaban su hora otros condenados, algunos tap�ndose los ojos para no ver nuestra matanza, que ser�a como las suyas y, un poco mas atr�s, otro compa�ero esperaba su turno, cubri�ndose la boca para ahogar el grito que, aunque mudo, todos sent�amos crecer dentro del pecho. Yo temblaba, de fr�o y de temor. Pens� en mi maja, sola y llor�ndome sin consuelo. Record� la frescura del Manzanares, que corr�a frente a mi morada, y los aromas del huerto, que perfumaban mi alcoba. Lament� las noches del verano en las que ya no deambular�a por los tablados. Suspir� por mi guitarra flamenca, cuyas cuerdas alg�n otro templar�a. Y fue entonces cuando rogu�, cuando implor� y supliqu�, tanto a la Virgen Gitana como al mism�simo Belceb�, �a quien quisiera o�rme!, que no me dejaran morir, que yo s�lo era un m�sico gamberro, que la noche hab�a sido hecha para el amor y el canto, no para desfallecer entre ese redoblar de tambores, y que a�n me quedaban muchas coplas en el alma para cantarlas... 


No s� si quien me escuch� fue la Madona o el demonio, aunque lo intuyo. Lo cierto es que me salv� de morir, pero me dej� suspendido aqu�, entre la vida y un otro mundo, porque yo soy ese moreno, el de los brazos abiertos en cruz, inmortalizado por el maestro don Francisco Jos� Goya y Lucientes en el �leo de los fusilamientos, aquel de camisa blanca, el iluminado de frente por la luz del farol que posaron sobre el suelo, el que denota estar aterrado por la proximidad de su final y que parece mirar al pelot�n de fusilamiento, pero que en realidad os mira a vosotros, los turistas, gu�as y visitantes, espectadores que todos los d�as pas�is sin verme, indiferentes a mi drama, deteni�ndoos, a veces s�lo un momento, otras un rato m�s prolongado, pero sin percibir jam�s que aqu� dentro estoy yo, con mi desesperaci�n a cuestas, esperando en vano que un incendio piadoso ponga fin al suplicio de este transcurrir inm�vil.

Como ya habr�is advertido, mi expresi�n de horror, no es de temor ante la muerte, sino de terror a la eternidad.

IV

El novelista complet� sus anotaciones, dirigi� una �ltima mirada al �leo de los fusilamientos, salud� al paciente vigilante de la sala y con la cabeza gacha se encamin� hacia la salida del museo. Afuera, los transe�ntes paseaban sin premura, dispuestos a gozar del pr�ximo feriado del dos de Mayo, que en recuerdo de aquel d�a de mil ochocientos ocho, todos los a�os Madrid celebra.

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