Esperaban la hora de dibujo. El profesor era bueno, pero además los alentaba. Supo ver en Carlos casi en seguida una capacidad especial. Le decía que no dejara de dibujar, que no importaba si no se le ocurrían ideas. Podría tomar las cosas más simples como
modelo.
El escritorio de la señorita, por ejemplo. No tenía nada en particular, pero se iluminaba sobre la hoja de papel. Carlos le daba vida a las cosas. Entonces, sus compañeros le pedían que hiciera retratos de sus muñecos o de sus autos de colección.
La maestra había autorizado que pagaran esas copias de papel por toda el aula. Las chicas se habían encargado de llevar plantitas. Había un brillo especial en ese sexto
grado.
Ilustración: Carolina Pérez, Animación: Francisco Villarreal
Los demás chicos también dibujaban. El profesor sabía sacar buenos
artistas. No todos eran aplicados. Sin embargo, para la hora de dibujo, se esforzaban más que en las otras
clases. Llevaban lápices y témperas de colores. No les importaba mancharse los dedos en esas tardes de inspiración.
Ya habían pintado manzanas y peras. También habían hecho trabajos de observación con modelos
similares. Pero el tema eran las flores. El profesor sabía que era algo difícil. En general lo dejaba para séptimo
grado. Pero, por una vez, cambió los planes.
Apareció en el aula con una flor y la puso sobre el escritorio de la
maestra. Hizo un silencio largo antes de explicar cuál sería el desafío. Los chicos
aceptaron, divertidos.Â
A la semana siguiente, cada uno llevó una flor. Salvo Carlos que se olvidó. Entonces, Marisa le dio la suya. Él no tenía nada a cambio, y se sintió muy conmovido. Compartieron la tarea. Y las miradas. Marisa le dijo que podía quedarse con la
flor.
Él se esforzó por hacer un dibujo especial pero sentía las manos torpes y se le agitaba el pecho. Le pidió permiso al profesor y fue hasta el pizarrón. La rosa quedó pintada en el frente con tizas de colores.
No se animó a ponerle una dedicatoria, pero Marisa supo que era para ella. Cuando sonó el timbre, se demoró en guardar los útiles. Esperó hasta que no quedara nadie en el aula. Entonces, estiró la mano y tomó la flor hecha con
tiza.
La sostuvo un momento y se la guardó en el bolsillo. Lo más probable era que se deshiciera en el camino, pero a ella le bastaba con esos restos de colores que iban decorando su
guardapolvos.