AQUELARRE

Raúl Pérez Tort

I

Aquella era la Noche de las Brujas, la noche en la que todas las malvadas hechiceras de la comarca se reunían en la montaña a celebrar su macabra fiesta anual. Concurrían también los duendes del bosque, los ogros y los gnomos, todos los espíritus malignos y el señor esqueleto.

Por la tarde, a medida que llegaba la oscuridad, los conejos se habían ido refugiando en sus madrigueras, renunciando a vagar por los campos y los pájaros se habían resguardando en los nidales, escondiendo a sus polluelos y ocultando las cabezas bajo el ala para no ver los horribles hechos que allí sucederían; porque en la región todos sabían que ése era el día de los muertos y que a la medianoche éstos, convocados por las magas, podrían salir a rondar las aldeas, dueños de la oscuridad, transitando las tinieblas con mortajas desgarradas y entrechocar de huesos.

La noche misma se había asociado a la cita adornando el firmamento con rayos y centellas que alumbraban, esporádicos, el cielo y velando las amables estrellas con un manto de niebla espesa que envolvía casas, árboles y peñascos, con vestidos de gasas y jirones de sombras, mientras los truenos resonaban lejanos, como gigantes tambores azotados por el viento.

Allí, en un abra del monte, se agitaban las huestes de la maldad en torno de la hoguera y en un enorme caldero bullía el espeso caldo de sapos y culebras que acompañaría el satánico festín que preparaban. Faltaba tan sólo asar una víctima tierna e inocente, para completar la carta del banquete y satisfacer así el apetito infame de la innoble concurrencia.

Una a una habían llegado todas las arpías. Algunas, cabalgando sus escobas mágicas, otras, a lomos de bestias quiméricas y, las menos, aquellas que mejor disimulaban su condición satánica, en raquíticos asnos, disfrazadas de tiernas abuelas, inocentes viejecillas.

Sus invitados danzaban felices a la luz de las llamas temblorosas y una música arcana, de melodiosos sones, surgía de las flautas hechas con huesos de difuntos, acompasada por timbales cuyos parches eran de pieles arrancadas ¡quien sabe de dónde!, y su rítmico percutir se confundía con el latido del corazón de Paquito.

Porque Paquito también advertía, como los temerosos animales del campo, que el aquelarre estaba cercano y que él podría ser la víctima propiciatoria. Así lo habían comentado sus amigos esa tarde, al salir de la escuela... y aquel había sido el tema de conversación con sus hermanos hasta que le obligaran a acostarse... y aquellas eran las imágenes que habían grabado en su mente los relatos con hadas voladoras, las fantásticas historias de dragones y portentos y los cuentos de fantasmas y descarnados esqueletos que conformaban su infantil librería.

II


Ilustración: Carolina Pérez
Animación: Francisco Villarreal

Paquito reposa en su lecho, pero no puede dormir. Sus pensamientos no logran apartarse de aquellas fantasmagorías y, además, tiene fiebre... muy alta. Ha cogido frío y le duele el pecho. Respira con dificultad. Se agita en la cama y transpira. La oscuridad le aterroriza. Está solo en su cuarto. Únicamente sus juguetes preferidos montan guardia a los pies de la cama, pero no confía en que el oso de peluche o el perro de paño puedan defenderlo de aquello que acecha tras la ventana y que no tiene nombre.

Pasan las horas y es ya la medianoche. Una luna, redonda y rojiza, se ha asomado tras los cristales, porque la tormenta que amenazaba el horizonte parece haber quedado allá, en la montaña de los encantamientos desde donde continua resonando hoscamente. Sigue insomne, cada vez más angustiado, cada vez con más fiebre, y llora en silencio.

En la quietud de la noche ha percibido unos extraños ruidos, como de pisadas hendiendo la hierba. En un árbol próximo, ha chillado una lechuza y el perro del vecino ha comenzado a aullar, como si fuera un lobo.

Los pasos se aproximan; el corazón quiere escapársele por la garganta y las lágrimas, que había contenido hasta ese instante, derriban el dique de su voluntad. Clama asustado: ¡mamá!, ¡mamitaaa!

III

La bruja capitana ha elegido su víctima. Será ese niño rubio, de cutis sonrosado y ojitos celestes que tanto les teme. Sus carnecitas serán bocado sabroso para las fauces voraces. Llama a una amiga, invitada de honor en sus festejos, la de la guadaña en alto, tan hosca de carácter como tenebrosas son sus vestiduras que poco disimulan su esperpéntica figura. 

Le encomienda buscar al chiquitín. No te dará trabajo, le dice. Está muy enfermo, aunque en su casa aún no lo saben. Tráelo a nosotras, mucho te lo agradeceremos.

Y la Muerte, que es mandada a hacer para esos menesteres, acepta solícita el encargo y se encamina ahora, con la afilada herramienta de su oficio al hombro y envuelta en su raído manto, en procura de Paquito.

Las flores se marchitan a su andar. A medida que avanza, se hace el silencio en torno. Las luciérnagas se niegan a alumbrarla. Ni siquiera las alimañas nocturnas se atreven a cruzarse en su derrotero. Sólo el gato negro, que dormita en el jardín, se anima a saludarla con un maullido lastimero, a la vez que eriza el pelaje del dorso y yergue la cola, rígida e inquieta.

La luna no quiere ser partícipe de la penosa trama y desaparece discretamente tras una nube plomiza.

Los árboles extienden sus ramas desnudas para cerrarle el sendero, pero Ella se abre camino, decidida a cumplir su cometido.

Sigilosamente, el espectro llega hasta la ventana y apoya su huesuda cabeza en los cristales. Atisba, con sus huecos ojos acostumbrados a penetrar lo oscuro, el interior de la alcoba. Adentro ve a Paquito, que llora y grita desconsolado.

Está ya por entrar a coger la criatura, pero, en ese mismo momento, la madre irrumpe en la habitación, se aproxima a la cama y toca la afiebrada frente de su hijo. 

¡Tiene que esperar! La mamá trae un paño fresco que extiende sobre la cabecita del infante. Seca sus lágrimas y le coge la mano. Pasan los minutos y las horas, con la madre siempre velando los sueños de Paquito, sentada a su lado, la testa gacha y las manos uncidas.

La Parca rezonga, fastidiada. ¡Con tanto amor en medio no puede hacer nada! A esos miembros unidos, no podrá desatarlos. Suspira, como sólo puede suspirar la Muerte, y regresa al aquelarre compungida, a dar explicaciones a las brujas que, muy enojadas con ella por su nula eficacia, siguen hambrientas y malhumoradas. Empero, como está amaneciendo, no tienen más remedio que remontar el cielo en sus escobas, o montar en sus borricos y desandar los caminos, porque la luz del día las rechaza y, una a una, tal como llegaran, se van alejando. La Dama burlada también se despide, embozando su blanca calavera, mientras que los ogros se esfuman y los duendes y gnomos regresan a sus escondrijos. 

Al poco rato, los conejos se asoman a la entrada de las cuevas que los cobijaran y los pájaros vuelven a trinar en el jardín de Paquito, quien duerme ahora tranquilo, bajo las miradas atentas del oso de peluche y del perro de paño. 

 

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