LA BOBE Lila Levinson Los
grandes muertosÂ
son inmortales: no mueren nunca. Los
viernes, antes de que aparezca la primera estrella, la madre se pone un pañuelo
blanco y prende las siete velas del candelabro mientras murmura una oración en
hebreo. El pan es el alimento principal y la sal es el símbolo del valor de lo
escaso y lo lujoso. La madre ofrece estos dones a un amigo que arriba a la isba.
Es la costumbre para agasajar a un invitado. Él comenta que llegan rumores de
que Rusia ha entrado en guerra con Japón. Nicolás II domina toda la tierra
rusa y la Besarabia amada. Mil
novecientos cuatro es un año importante para la joven hija; pronto cumplirá
quince años y tal vez le autoricen que aprenda a leer. Parece
que el mundo estuviese detenido. El bosque silencioso, la bruma que nace desde
la tierra helada, hacen estremecer su cuerpo. Debe buscar leña para la cocina,
que debe estar siempre encendida. Desde la lomada alcanza a divisar la chacra,
le da seguridad mirar las hileras de verduras y los árboles frutales desnudos.
Nunca habían llegado hasta esos campos las incursiones de los soldados, pero el
temor y el peligro eran una constante. La guerra con los turcos existía desde
que ella había nacido. Amontona las ramas secas apresuradamente para correr a
la casa; después vendrá su hermano a recogerlas. El
galope de los caballos sobre el bosque semeja un rugir de bestias salvajes.
Corre hacia la casa. Pero no basta. Mucho antes de llegar la alzan sobre un
caballo. Mucho antes, pierde la batalla contra las hordas que invaden. Me
despertó el ruido de una rama del manzano que porfiaba contra el cristal de la
ventana. Un trozo de cielo se metió en mi cama. Me acordé que estaba en la
finca. Plenitud de manzanos, durazneros, ciruelos e hileras de uva fina, era un
bosque de sabores que cuando niños comíamos a hurtadillas hasta llenarnos la
barriga, después parecíamos
fantasmas por las diarreas que debilitaban hasta las ganas de jugar. Nos divertíamos
persiguiendo a los patos, andando a caballo o descolgándonos de las ramas del
sauce al arroyo fresco gritando como Tarzán. Todo para nosotros era una
aventura. La Bobe se reía cuando escuchaba nuestrosÂ
diálogos inventados.  Doña
Dionisia, una mujer que siempre estuvo con mis abuelos, era la que ordeñaba a
la Blanca. El ternero, hambriento y glotón, arremetía contra las ubres con su
morro impaciente. La Bobe nos hacía ollas de arroz con leche y después nos
tiraba el cuero en ayunas para curar el empacho de tantosÂ
desarreglos. ¿Cómo aprendiste, Bobe, si vos sos rusa y esto sólo lo
conocen los criollos? Su mirada se volvía extraña, fruncía la boca con un
gesto habitual, mientras la mano arrasaba los rulos de su frente, tal vez
barriendo recuerdos para nosotros ignorados. Es cuestión de práctica, nada
más,
ingale, las manos que curan no tienen raza ni religión. Un té de
manzanilla silvestre con azúcar quemada y a correr de nuevo. Cuando
Aaron andaba por los doce y yo catorce, la edad en que los chicos no saben
demasiado, hablábamos en voz baja de nuestras fantasías, deseos y curiosidades.
Hacíamos travesuras juntos, nos metíamos en la cocina, en donde los frascos de
dulce temblaban ante nuestro saqueo. Meterle sapos en la cama a doña Dionisia y
escuchar sus gritos, era una gran diversión. Con mi hermano observábamos por
la ventana a la Felisa cuando se desvestía, ver sus pechos de pezones oscuros,
casi tan oscuros como su pubis y, sobre todo, saber que ella conocía nuestras
miradas incendiadas produjeron los primeros movimientos agitados de las manos en
el sexo, imaginando los túneles secretos de la Felisa y nosotros en su
interior. En la mañana, la muchacha, al servirnos la leche con torrejas de pan
recién horneado y manteca batida por ella misma, se reía fuerte. El olor a jabón
de su cuerpo se mezclaba con su voz pícara preguntando si habíamos dormido
bien, mientras rozaba nuestras
caras con sus pechos juguetones. La
Bobe había llegado en el año doce a la Argentina con sus padres, hermanos,
primos y tíos. Escapaban de las guerras continuas de Rusia; había estallado la
guerra de los Balcanes y ya se hablaba de una gran contienda mundial. Embarcaron
junto a otras familias del mismo pueblo. Mi abuela, entonces, era una joven
delgada y rubia, con una mirada que era una hoguera ocultando razones. El pelo
rizado y rubio, porfiaba en la frente, que siempre apartaba con ademán enigmático.
En el barco se arregló el matrimonio con el abuelo y cuando bajaron ya estaban
casados.   Los
amigos que habían arribado antes, los esperaron para llevarlos al campo, a lo
que conocían, la chacra. Compraron unas hectáreas con viñedos, árboles
frutales, algunas vacas, caballos y aves. Aquel lugar les recordaba a su
Besarabia, tierra atrapada, envuelta por sauces, álamos y un sol dorado y tibio.
La finca mendocina se transformó en el rostro benigno de algo merecido. Se
convirtieron en dos criollos más con extraño acento. El
hogar se completó con los hijos que al crecer, tomaron cada uno su propio rumbo.
Ninguno quiso quedarse con los viejos. Mucho menos cuando se casaron y formaron
sus propias familias. Al nacer nosotros, se completó el circuito de la
existencia. De
niños, pasábamos los veranos con
los abuelos. En las noches encendían una gran fogata en el enorme patio de
tierra; a su alrededor se arremolinaban los peones, los chicos y algún vecino
que venía a caballo cubierto con varias grapas. Del aljibe sacaban el agua para
el mate, allí no podíamos
acercáramos:
es peligroso, en el fondo oscuro vive un ser que es quien llena el balde y
se come a los niños. El mate pasaba de mano en mano, mientras se esperaba el
asado. Los abuelos se habían adaptado a los sabores extraños y nuevos. Era
el momento en que a la Bobe le brotaban los recuerdos. La luz y el humo de la
fogata creaban una atmósfera mágica. Las miradas, igual que ríos cruzados, se
clavaban en su boca. Contaba de los campos cultivados a pesar de tantas guerras,
del bosque, de la gente. Pero a veces ponía esa mirada y se quedaba tan callada
que nos asustaba sin comprender por qué. La Bobe era un enigma. La
abuela preparaba las comidas con toque europeo y canto deÂ
tonadas. No podían ser más exóticas y deliciosas. Sus nueras, algunas
católicas y otras judías, le preguntaban por las recetas. Sonriendo hablaba en
ruso, así nadie entendía. Mi
hermana Ruth, fue la única que aprendió ese idioma tan extraño para nosotros.
A los varones no se nos permitía entrar en su mundo secreto, en cambio Ruth y
la Bobe, manejaban frascos con hierbas y salsas. El humo que salía de las ollas
semejaba mixturas de menjunjes de brujas. Ambas tenían la misma expresión de
misterio cuando salían anunciando que el almuerzo estaba listo. Sabíamos que
no sólo hablaban de comidas, la abuela le contaba mucho más a mi hermana. Nos
sentábamos alrededor de la gran mesa rústica, que jamás perdió el aroma de
la madera lijada. El verano era la época en que nos reuníamos primos y tíos.
Mi abuelo después de comer nos cantaba en ruso. Casi
centenaria murió la Bobe. La enterraron al lado del Yeye, como ella deseaba,
entre cipreses y lápidas con la estrella de David. Después
del sepelio, mi hermana mostró fotos de los viejos en distintas etapas de sus
vidas; tratando de prolongar el espíritu que tuvieron. Como si aquellos rostros
nos pudiesen decir qué había detrás de la muerte. En una de las fotos, estaba
la Bobe en la cubierta del barco, su pelo rubio recogido en un rodete, no sonreía,
con la mirada perdida, tal vez evocando lo que había dejado o lo que había
perdido. Continuamos mirando las fotografías. Miré a mi hermana, el parecido
con la abuela era increíble. Ruth, empezó a cantar en ruso aquellas canciones
desterradas del abuelo. Todo volvió a mi mente. La infancia, la adolescencia y
el dolor de no haberlos disfrutado más. Decidí
alejarme para siempre del aquel lugar, pertenecía a una vida anterior. Aquella
noche soñé con la Bobe, tenía puesto un vestido de colores y el pañuelo que
sujetaba su cabello, me hablaba en ruso y yo le entendía, sentí el perfume de
su piel y su mano posada sobre la mía. Un amanecer sangriento por los rayos de un sol de verano me apuró a salir. Besé a mi hermana, subí al auto y antes de entrar en la curva, me detuve para mirar hacia atrás, desamarrando la juventud pasada. Sentí un escalofrío; la luz del alba, me mostró a mi hermana, igual que mi abuela, sentada en la galería, meciéndose en la hamaca y saludándome con la mano. NECESITO DE LAS MAGIAS  |
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