Teníamos un
compañero peruano. Él no hablaba mucho, pero nos hicimos amigos en
seguida. Se quedaba escuchándonos y uno sentía que todo lo que decíamos
era importante.
Odi no era de la capital pero había vivido en Lima un tiempo, justo antes
de venirse a Buenos Aires. En realidad, había nacido en un pequeño pueblo
del interior. A veces me contaba cómo era la iglesia y la plaza. Las
callecitas eran de piedra y las casas, bajas.
  Ilustración: Carolina Pérez
Animación:
Francisco Villarreal
Yo imaginaba un lugar entrañable entre las
montañas, donde la tarde era eterna. Allí no habría prisa. Todo estaría
detenido.
Frente a la iglesia estaba la estatua de un ángel. Era de piedra blanca.
En la espalda, las alas ya no resistían las lluvias. Se estaban
deteriorando.
Pero la sensación de debilidad desaparecía cuando uno veía al ángel de
frente. Sus ojos eran tiernos y brindaban una serena protección. Lo
llamaban el ángel de los caminos. La gente decía que él se bajaba cada
noche de su pedestal y se ponía a caminar, acompañando a los hombres.
Les brindaba el cariño que prometía su mirada. Por eso, me contaba Odi,
sus pies estaban en perfecto estado. La espalda quizás tuviera rajaduras
pequeñas, producto de tanto tiempo a la intemperie. Pero la gente no iba
a dejar que algo le pasara a sus pies. Querían que siguiera caminando a
su lado. Un día fue una caricia y luego fueron un montón de manos
repetidas.
Cada vez que
pasaban frente a él, le tocaban los pies en señal de agradecimiento y de
paso, le curaban las heridas.
Para la espalda quizás hiciera falta el servicio de algún entendido en
piedras o en estatuas. Pero el corazón del ángel estaba en perfecto
estado. Sus rajaduras eran sólo exteriores. No dejaría de caminar por esas
callecitas de pueblo, rodeadas de magia.Â