PLAZA Y AJEDREZ

Diego Remussi 


Los domingos era pasear con el papá. El pequeño esperaba volver a verlo. Se sentía un poco desacomodado desde que sus padres habían decidido separarse. Además de los horarios de la escuela, tenía el de las visitas.

El padre muchas veces no sabía adónde llevarlo. Carlos quería decirle que daba lo mismo, que eso no era importante. Sin embargo, él se esforzaba por brindarle tardes de caramelos y cine.

Lo que más le gustaba era ir a la plaza. Era tan distinto que lo hamacaran esos brazos cariñosos. Alcanzaba más velocidad que cuando lo hacía solo. Carlos sentía que volaba y la cola se le desprendía un poco del asiento. Y su risa también remontaba vuelo.

Un día de tardes de sol, tuvieron que cambiar de recorrido. Había llovido el día anterior y la plaza estaba intransitable. Carlos quería asegurarse de que realmente no se podía ir a las hamacas. 

Un caminito de piedra los llevó hacia un lugar nuevo. El sol rebotaba en unas mesas cuadradas. Con el regreso del buen tiempo, habían aparecido un montón de ajedrecistas.


Ilustración: Carolina Pérez. 
Animación: Francisco Villarreal

Cada uno con su tablero, con piezas de diferente tamaño y color. Una misma pasión los unía. Jugaban concentrados y tenían un público silencioso alrededor. El padre de Carlos se quedó atrapado con una de las partidas. El chico empezaba aburrirse. Se aguantó hasta donde pudo. Después empezó a tironearle la ropa. Quería una gaseosa.

Cuando terminó el juego, el padre se sintió un poco decepcionado. Esperaba otro resultado. Había tomado partido por uno de los jugadores. No sólo por simpatía. Realmente le parecía que el de remera azul pordía ganar.
Carlos le adivinó el pensamiento.

- ¿Querés que juguemos? - le dijo
- ¿Vos sabés?
- Algo. Hay un vecino que juega. Además estuve viendo un poco hoy.

El padre lo miró sorprendido. Fue a buscar su tablero. Después sirvió la gaseosa. Dos vasos que tomaron lentamente.

Pusieron las piezas. Él empezó con la explicación de los movimientos simples. Carlos entendía, pero lo dejó hacer. Lo veía contento. Como si se hubiera reencontrado con una vieja pasión. Le pareció que ahora era él el que le ofrecía sus brazos. Y lo empujaba para que hablara y volviera a sonreír. 

 

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