MASCOTAS

Diego Remussi


Me gustaba el colegio. En realidad, lo había elegido mi mamá. Ella me dijo que era mejor que fuera a uno religioso. Éramos nuevos en la ciudad y ya habíamos tenido demasiados cambios ese año. De Rosario a Buenos Aires eran pocos kilómetros, pero bastantes horas de viaje.

La idea fue que continuara con una formaciión cristiana. Y como era mitad de año, no tenía mucho para elegir. Al principio pensé que iba a costarme conseguir amigos, pero después resultó que a ellos también les gustaba el fútbol y hasta nos dejaban jugar en los recreos.

La parte de las misas era igual que en Rosario. Responder cuando era necesario y mantenerse callado y seriecito. Lo que no me esperaba era que en el colegio tuvieran actividades extra. Un día nos dieron una nota que había que llevar firmada por nuestros padres. Era una autorización: iríamos a visitar un hogar de ancianos.

Mi mamá me dijo que era una buena idea. Le parecía bien que les lleváramos un poco de nuestra alegría. Sin embargo, yo estaba preocupado. No sabía de qué hablar. Mis compañeros tenían la experiencia de años anteriores. Estaban de lo más confiados. Me decían que los viejitos se conformaban con un poco de charla. Aunque les dijera cómo iba mi equipo en el campeonato, ellos se iban a quedar contentos.


Dibujo: Carolina Pérez  Animación: Francisco Villarreal
Al final, decidí llevar mi mascota. Era una tortuga que, por supuesto, se llamaba Manuelita. Iba en su caja, tranquilita y yo trataba de contagiarme de su serenidad.

Llegamos al geriátrico. Nos estaban esperando con la merienda. Había medialunas y jugo de naranja. Yo estaba con las manos ocupadas con mi caja de cartón. Me paré a un costado, sin saber qué hacer. Una mujer se me acercó. Le conté que había llevado mi mascota y abrí la tapa para que la viera. Ella sonrió. Bajó un poco la voz para decirme un secreto. En un susurro, dijo:
- A tu edad mi mascota era un elefante.

Yo no supe si creerle, pero al rato volvió con unas fotos y unos recortes del diario donde se veía a la gran Greta y su elefante amaestrado. 

Pasé toda la tarde charlando con ella. Me contó de su vida en el circo, pero le faltó tiempo para hablarme de su mascota.

Le prometí que volvería, aunque no fuera con la escuela. Estaba seguro de que mi mamá iba a estar de acuerdo en acompañarme si se lo pedía. 

 

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