Cuando pequeña, me enseñaron a rezar una bella oración. Eran versos
hermosos.  Al acostarme, mi madre me decía: - Recuerda rezarle al ángel de la
guarda.
Me gustaba tanto hacerlo, que ese ángel protector, me acompañaba todas las noches con sus amigos, durante mis
sueños. A veces jugábamos a que mientras yo montaba mi triciclo, ellos volaban a mi
alrededor, y luego, me alzaban entre todos con sus alas. Después, yo les dejaba dar un paseo a todos en mi bici que se volvía
voladora, pues le agregaban unas bellas alas, iguales a las de ellos. Otras
veces, venían a mí con canciones, y me repetían la lección que había
estudiado, con fondo de música celestial.
Era infalible: al día siguiente, cuando mi maestra hacía las preguntas de rigor, era siempre yo quien más sabía de
geografía, de historia, y de gramática.
Yo me guardaba en secreto estas experiencias que tenía en sueños, porque sentía que si lo
contaba, dejaría de suceder, y siempre
que mi madre me repetía aquello de que recordara rezarle al ángel de la guarda, él ya estaba
ahí, parado sobre el borde de la ventana
de mi cuarto, guiñándome con picardía, y con sus brazos alados de plumas
blancas. A veces, llegando la fecha del carnaval, los demás ángeles, cambiaban el color de sus alas, y se tornaban del blanco a colores
estupendos, vivos, que semejaban banderas. Mi ángel, se mantenía níveo, aunque alguna
vez, agregaba detalles amarillos, o naranjas, pero los restantes, aparecían vestidos uno de cada color del arco iris. Bellos los ángeles vestidos de
colores... ¡muy bellos!Â
Lo malo era cuando tenía fiebre... En esos momentos, mis amigos, no eran como
siempre... nada era igual... y aparecían sus alas vestidas
en grises oscuros y negros. Recuerdo una vez en que me encontraba conÂ
paperas: vi que uno de ellos tenía los ojos como los de una lechuza... Por eso, cuando tenía
fiebre, no me quería dormir... sentía miedo.
Ya estando bien, hice un trato: les pedí que no me visitaran cuando estuviese
enferma, y les expliqué que ellos, que siempre eran mis compañeros divertidos,
educados, soñadores, fantásticos, con esas alas oscuras, me llenaban de
espanto.
Mi ángel, el mío - porque solo uno de ellos era mío, único entre todos -, me comentó que no convenía que no aparecieran en esaÂ
oportunidad. En todo caso, aparecería él, con sus alas de siempre, y no vendría acompañado por los
demás.
Así fue que una noche de invierno, estaba mi garganta tomada por las llagas, y mi temperatura era de cuarenta
grados... El miedo se
había adueñado de mí: temía que no cumpliera con su palabra. Pero
no fue así... él hizo lo que me había prometido, y vino como siempre al borde de mi ventana con su color más blanco y brillante que
nunca.Â
Ese fue el momento en que comencé a darme cuenta de que todo era mejor de lo que me
imaginaba.Â
En mis sueños de enferma, él me alcanzaba una taza de leche muy sabrosa, parecida a la que va con granadina a
veces, y otra, a la que
lleva vainilla.Â
Una mañana, desperté llorando... Sentía dolores en todo el cuerpo. No había nada que los
calmara. Mi madre se sentía muy afligida, y mi padre, aún más...No sabían qué
hacer. Yo notaba en sus miradas una preocupación que no era normal en ellos. Hacía días ya que esto iba
empeorando. Llegó el médico, vestido de blanco... parecía mi
ángel de la guarda... Le pregunté si él era uno de ellos, y me dijo:
- No exactamente, pequeña, pero... algo así como un ángel de la guardaÂ
de la vida real... A lo que yo le contesté que mi ángel, era real... más real que
él... que mi ángel era mi amigo, y que no venía por un llamado telefónico... pues siempre estaba
conmigo. Es que me había puesto furiosa con el médico... ¿cómo iba a decirme
eso? ¡qué falta de respeto y de amor hacia mis compañeros de siempre, hacia esos seres que iluminaban mi
vida, y la llenaban de esperanza!
- Bueno - dijo el médico - Tienes razón... en realidad no soy uno de ellos, pero pensé que podría aliviarte sentir que podría serlo -.Â
Abrió su maletín, sacó de él un aparato que yo no conocía, y comenzóÂ
a revisarme por todos lados.
- A ver... ahora respira hondo, y aguanta el aire...
Así sucedió durante largo rato. Ya mi cabeza no respondía... estaba mareada...
- Estás bien, niña. Ahora hablaré con tus padres para decirles qué tienes, y cómo deberemos tratar tu enfermedad de aquí en
adelante.
- Pero ¿cómo? ¿es que estaré mucho tiempo así?
- Quién sabe... quién sabe... es probable...
Me dio un beso en la frente, y se retiró hacia el baño.Â
Yo oía cuando se lavaba las manos, sentía el ruido del agua al salir del grifo...
¡Cuánto rato estuvo limpiándolas!Â
Luego, vi cuando se retiraba con mis padres hacia la sala del piano, y sentía que hablaban en voz
baja.
Más tarde, mi padre vino a mi lado. Sus ojos no estaban como siempre... parecían más
brillantes, aunque muy tristes... Pensé queÂ
había llorado. Él me acariciaba la frente y el cabello, me tomaba las manos,
¡pero no me dio ni un beso!. ¡Qué triste que era todo eso! ¿por qué mi padre estaba
así? ¿por qué no me besaba?Â
Esa tristeza poco a poco fue volviéndose rutina en casa. Se respiraba en cada
rincón, y yo... sin entender por qué.
Cada día que pasaba, venía menos gente a verme. Ya mi abuela no se acercaba a mi
habitación, y tampoco mis primos ni mis tíos.Â
Mientras tanto, me iba sintiendo cada vez peor, y más aún, al sentirme
abandonada.
De todas maneras, mis amigos ángeles, venían a mí, y no tenían ningún
problema. Ellos hacían lo que los humanos no. Me besaban, bailaban conmigo, me subían a las
alturas, y me bajaban, todos en ronda.Â
Ahora sí que era una enfermedad diferente. Ahora mis ángeles todos estaban conmigo durante el
sueño, y por momentos, aparecían aunque estuviera despierta. Era precioso todo
eso. Lo disfrutaba mucho, pues siempre se presentaban bailando, riendo, y jugaban
conmigo, y el lugar, había dejado de ser como antes: ellos y yo estábamos rodeados de un verde
hermoso, con árboles que tenían manzanas rojas, y naranjas jugosas. En medio de tanto
verde, se divisaba a lo lejos un azul profundo. Pensaba que sería el mar. ¡Qué lindo iba a ser el momento en que todo nos zambulléramos en el
agua, y mis amigos mojaran sus alas! Soñaba con que llegara ese instante. Lo deseaba mucho.
Dibujo: Carolina Pérez - Animación: Francisco
Villarreal
Un día como cualquier otro, al despertar, vi que a mi
lado, estaba el mismo médico de semanas atrás. Había regresado. A su
lado, estaban papá y mamá. Mamá tenía un pañuelo apretado en la mano y los ojos
inflamados. Papá se mantenía bastante bien, aunque sus faccionesÂ
estaban entumecidas, la boca apretada, las narinas abiertas.
Ese despertar fue diferente a todos los anteriores: ellos, los adultos, estaban allí,
parados, tristes... muy tristes... pero yo, sin embargo, seguía con mis amigos, que cada vez eran más y más, incluso uno de
ellos, tenía el rostro idéntico al de una compañera de clase que hacía tiempo que no veía. Jugaban a mi alrededor haciéndome sonreír.Â
Cuando el médico se incorporó, encontré en la banqueta de mi cuarto un vaso de leche con granadina y otro con
vainilla.Â
Fui a beberlos, más no pude: mi ángel me dijo que en ese momento no, que de inmediato iba a poder degustarlos
bien, y jugaría junto a ellos siempre, todo el tiempo.Â
Fui feliz... Me encantaba la idea.Â
De pronto, vi que mis padres lloraban amargamente, y noté que no escuchaban lo que yo intentaba
decirles; no oían cuando les hablabaÂ
explicándoles qué feliz que era con mi ángel y todos sus amigos. No me
escuchaban... y lloraban mucho... no podían dejar de hacerlo. Recuerdo algunos chillidos que parecían salir de dentro del pecho de mi
madre, y las lágrimas que mi padre derramaba.
Nunca los había visto así. En medio de tanta tristeza, aparecieron mis tíos y
primos, mi abuela, y hasta mi maestra. Todos estaban a mi lado. No podía entender que estuvieran
tristes... no... no podía comprender a los adultos humanos, y tampoco a los jóvenes en este
momento... Eso me había sucedido siempre... no era nuevo... eran difíciles de comprender sus
actitudes, y ahora, más aún.
¡Las cosas que hacen! ¿Quién los entiende? ¿Habrá quienes comprendan sus
actitudes? Y digo esto porque... fíjense que aún sabiendo que me gustan los caramelos y los juguetes de
regalo, ellos hoy ¡me están trayendo flores! ¿Para que querría yo las flores?
Definitiva fue mi convicción de que los humanos tienen mal gusto. Ellos, no son como mis
ángeles.Â
Ahí estaba yo... pero no... no era yo: ahora, tenía alas. Ese día de las
flores, mis alas eran blancas, pero ahora, a veces, las uso de colores, y más
aún, cuando marcho con mi ángel a visitar niños; ¡cuánto disfrutan ellos de mis coloridas alas!
Algunas veces regreso a mi habitación. La miro parada desde el ángulo de mi
ventana. Aunque ahora no es tan bonita... la han cambiado mucho. No hay en ella una
cama, ni están mis juguetes. Han puesto en su lugar una computadora, y un escritorio con una foto
mía...
¡Me veía tan distinta cuando no tenía mis preciosas alas!