MIS ÁNGELES
Cuento casi infantil

Ana Buquet

Cuando pequeña, me enseñaron a rezar una bella oración. Eran versos hermosos.   Al acostarme, mi madre me decía:  - Recuerda rezarle al ángel de la guarda.

Me gustaba tanto hacerlo, que ese ángel protector, me acompañaba todas las noches con sus amigos, durante mis sueños. A veces jugábamos a que mientras yo montaba mi triciclo, ellos volaban a mi alrededor, y luego, me alzaban entre todos con sus alas. Después, yo les dejaba dar un paseo a todos en mi bici que se volvía voladora, pues le agregaban unas bellas alas, iguales a las de ellos. Otras veces, venían a mí con canciones, y me repetían la lección que había estudiado, con fondo de música celestial.

Era infalible: al día siguiente, cuando mi maestra hacía las preguntas de rigor, era siempre yo quien más sabía de geografía, de historia, y de gramática.

Yo me guardaba en secreto estas experiencias que tenía en sueños, porque sentía que si lo contaba, dejaría de suceder, y siempre que mi madre me repetía aquello de que recordara rezarle al ángel de la guarda, él ya estaba ahí, parado sobre el borde de la ventana de mi cuarto, guiñándome con picardía, y con sus brazos alados de plumas blancas. A veces, llegando la fecha del carnaval, los demás ángeles, cambiaban el color de sus alas, y se tornaban del blanco a colores estupendos, vivos, que semejaban banderas. Mi ángel, se mantenía níveo, aunque alguna vez, agregaba detalles amarillos, o naranjas, pero los restantes, aparecían vestidos uno de cada color del arco iris. Bellos los ángeles vestidos de colores... ¡muy bellos! 
Lo malo era cuando tenía fiebre... En esos momentos, mis amigos, no eran como siempre... nada era igual... y aparecían sus alas vestidas en grises oscuros y negros. Recuerdo una vez en que me encontraba con 
paperas: vi que uno de ellos tenía los ojos como los de una lechuza... Por eso, cuando tenía fiebre, no me quería dormir... sentía miedo.

Ya estando bien, hice un trato: les pedí que no me visitaran cuando estuviese enferma, y les expliqué que ellos, que siempre eran mis compañeros divertidos, educados, soñadores, fantásticos, con esas alas oscuras, me llenaban de espanto.

Mi ángel, el mío - porque solo uno de ellos era mío, único entre  todos -, me comentó que no convenía que no aparecieran en esa  oportunidad. En todo caso, aparecería él, con sus alas de siempre, y no vendría acompañado por los demás.

Así fue que una noche de invierno, estaba mi garganta tomada por las llagas, y mi temperatura era de cuarenta grados... El miedo se había adueñado de mí: temía que no cumpliera con su palabra. Pero
no fue así... él hizo lo que me había prometido, y vino como siempre al borde de mi ventana con su color más blanco y brillante que nunca. 

Ese fue el momento en que comencé a darme cuenta de que todo era mejor de lo que me imaginaba. 

En mis sueños de enferma, él me alcanzaba una taza de leche muy  sabrosa, parecida a la que va con granadina a veces, y otra, a la que lleva vainilla. 

Una mañana, desperté llorando... Sentía dolores en todo el cuerpo. No había nada que los calmara. Mi madre se sentía muy afligida, y mi padre, aún más...No sabían qué hacer. Yo notaba en sus miradas una preocupación que no era normal en ellos. Hacía días ya que esto iba empeorando. Llegó el médico, vestido de blanco... parecía mi ángel de la guarda... Le pregunté si él era uno de ellos, y me dijo:
- No exactamente, pequeña, pero... algo así como un ángel de la guarda 
de la vida real... A lo que yo le contesté que mi ángel, era real... más real que él... que mi ángel era mi amigo, y que no venía por un llamado telefónico... pues siempre estaba conmigo. Es que me había puesto furiosa con el médico... ¿cómo iba a decirme eso? ¡qué falta de respeto y de amor hacia mis compañeros de siempre, hacia esos seres que iluminaban mi vida, y la llenaban de esperanza!
- Bueno - dijo el médico - Tienes razón... en realidad no soy uno de ellos, pero pensé que podría aliviarte sentir que podría serlo -. 
Abrió su maletín, sacó de él un aparato que yo no conocía, y comenzó  a revisarme por todos lados.
- A ver... ahora respira hondo, y aguanta el aire...
Así sucedió durante largo rato. Ya mi cabeza no respondía... estaba mareada...
- Estás bien, niña. Ahora hablaré con tus padres para decirles qué tienes, y cómo deberemos tratar tu enfermedad de aquí en adelante.
- Pero ¿cómo? ¿es que estaré mucho tiempo así?
- Quién sabe... quién sabe... es probable...
Me dio un beso en la frente, y se retiró hacia el baño. 
Yo oía cuando se lavaba las manos, sentía el ruido del agua al salir del grifo... ¡Cuánto rato estuvo limpiándolas! 
Luego, vi cuando se retiraba con mis padres hacia la sala del  piano, y sentía que hablaban en voz baja.
Más tarde, mi padre vino a mi lado. Sus ojos no estaban como siempre... parecían más brillantes, aunque muy tristes... Pensé que  había llorado. Él me acariciaba la frente y el cabello, me tomaba las manos, ¡pero no me dio ni un beso!. ¡Qué triste que era todo eso! ¿por qué mi padre estaba así? ¿por qué no me besaba? 

Esa tristeza poco a poco fue volviéndose rutina en casa. Se respiraba en cada rincón, y yo... sin entender por qué.

Cada día que pasaba, venía menos gente a verme.  Ya mi abuela no se acercaba a mi habitación, y tampoco mis primos ni mis tíos. 

Mientras tanto, me iba sintiendo cada vez peor, y más aún, al sentirme abandonada.

De todas maneras, mis amigos ángeles, venían a mí, y no tenían ningún problema. Ellos hacían lo que los humanos no. Me besaban, bailaban conmigo, me subían a las alturas, y me bajaban, todos en ronda. 
Ahora sí que era una enfermedad diferente. Ahora mis ángeles todos estaban conmigo durante el sueño, y por momentos, aparecían aunque estuviera despierta. Era precioso todo eso. Lo disfrutaba mucho, pues siempre se presentaban bailando, riendo, y jugaban conmigo, y el lugar, había dejado de ser como antes: ellos y yo estábamos rodeados de un verde hermoso, con árboles que tenían manzanas rojas, y naranjas jugosas. En medio de tanto verde, se divisaba a lo lejos un azul profundo. Pensaba que sería el mar. ¡Qué lindo iba a ser el momento en que todo nos zambulléramos en el agua, y mis amigos mojaran sus alas! Soñaba con que llegara ese instante. Lo deseaba mucho.


Dibujo: Carolina Pérez - Animación: Francisco Villarreal
Un día como cualquier otro, al despertar, vi que a mi lado, estaba el mismo médico de semanas atrás. Había regresado. A su lado, estaban papá y mamá. Mamá tenía un pañuelo apretado en la mano y los ojos
inflamados. Papá se mantenía bastante bien, aunque sus facciones  estaban entumecidas, la boca apretada, las narinas abiertas.


Ese despertar fue diferente a todos los anteriores: ellos, los adultos, estaban allí, parados, tristes... muy tristes... pero yo, sin embargo, seguía con mis amigos, que cada vez eran más y más, incluso uno de ellos, tenía el rostro idéntico al de una compañera de clase que hacía tiempo que no veía. Jugaban a mi alrededor haciéndome sonreír. 

Cuando el médico se incorporó, encontré en la banqueta de mi cuarto un vaso de leche con granadina y otro con vainilla. 

Fui a beberlos, más no pude: mi ángel me dijo que en ese momento no, que de inmediato iba a poder degustarlos bien, y jugaría junto a ellos siempre, todo el tiempo. 

Fui feliz... Me encantaba la idea. 
De pronto, vi que mis padres lloraban amargamente, y noté que no  escuchaban lo que yo intentaba decirles; no oían cuando les hablaba  explicándoles qué feliz que era con mi ángel y todos sus amigos. No me escuchaban... y lloraban mucho... no podían dejar de hacerlo. Recuerdo algunos chillidos que parecían salir de dentro del pecho de mi madre, y las lágrimas que mi padre derramaba.

Nunca los había visto así. En medio de tanta tristeza, aparecieron mis tíos y primos, mi abuela, y hasta mi maestra. Todos estaban a mi lado. No podía entender que estuvieran tristes... no... no podía comprender a los adultos humanos, y tampoco a los jóvenes en este momento... Eso me había sucedido siempre... no era nuevo... eran difíciles de comprender sus actitudes, y ahora, más aún.

¡Las cosas que hacen! ¿Quién los entiende? ¿Habrá quienes comprendan sus actitudes? Y digo esto porque... fíjense que aún sabiendo que me gustan los caramelos y los juguetes de regalo, ellos hoy ¡me están trayendo flores! ¿Para que querría yo las flores?

Definitiva fue mi convicción de que los humanos tienen mal gusto.  Ellos, no son como mis ángeles. 
Ahí estaba yo... pero no... no era yo: ahora, tenía alas.  Ese día de las flores, mis alas eran blancas, pero ahora, a veces, las uso de colores, y más aún, cuando marcho con mi ángel a visitar niños; ¡cuánto disfrutan ellos de mis coloridas alas!

Algunas veces regreso a mi habitación. La miro parada desde el ángulo de mi ventana. Aunque ahora no es tan bonita... la han cambiado mucho. No hay en ella una cama, ni están mis juguetes. Han puesto en su lugar una computadora, y un escritorio con una foto mía...
¡Me veía tan distinta cuando no tenía mis preciosas alas!

 

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