VERTIGO
Manuel Parra
Pozuelo
Esta tierna costumbre de auscultarse
es, en verdad, un solitario vicio
propio de aquel que mira atentamente
la sombra del pasado inhabitable.
Amar, amarse as� es efecto
de humanidad doliente y condolida.
Oficio es de ser hombre y su costumbre
de hablar con uno mismo y apiadarse,
acariciarse el alma mansamente,
curarse las heridas y aun lamerlas
en la m�s solitaria mansedumbre.
En esta introspecci�n de las conciencias
la oculta trasgresi�n muestra su rostro
y deja ver sus rasgos m�s abyectos,
su repulsi�n, su ombligo sus tent�culos.
Es este mirador hacia el abismo
el que nos deja at�nitos, exhaustos,
como ejercicio al borde del espanto
del que despu�s volvemos a mirarnos
como si todo sue�o hubiera sido.
Ciertamente olvidamos ese peque�o infierno,
esa infinita angustia sin p�rpados ni espalda
Son breves los instantes del intimo suplicio,
y al regresar, de nuevo,
abrazamos la luz,
a�n con m�s fuerza.
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