Siempre jugábamos al
fútbol. Teníamos un equipo bastante bueno y mejorábamos cada tarde. No nos tomábamos el día libre por nada del mundo y aunque no se pasara
lista, nadie tenía ausente en esos encuentros.
 Nos enteramos de que iba a haber un torneo para chicos de nuestra
edad. Cada equipo debía tener el nombre de una provincia. Alguien sugirió
Malvinas. Nos pareció, por lo menos, original.Â
 Los rivales parecían sencillos. En realidad, catorce años era la edad
máxima. Nosotros éramos los mayores. Había equipos muy variados, como Salta donde se mezclaban hermanos y amigos
menores. Les ganamos 4 a 1.
 Los dos partidos siguientes fueron con Río Negro (3 a 0) y con Misiones (2 a 0). Cacho ya figuraba en la lista de
goleadores. Nos sentíamos confiados.
  Sin embargo había otro equipo que había ganado todos sus
partidos. Buenos Aires era la sensación. Y nosotros teníamos que enfrentarlos en la fecha
siguiente.
Yo los conocía. Algunos de ellos iban a mi
colegio. Durante la semana me hablaron mucho. Nos encontrábamos en los recreos y cada uno daba su
pronóstico. Poco importaba la clase de Biología o la prueba de
Matemáticas. Había un solo tema para hablar.
 Llegó el sábado. Nos sentimos un poco frágiles dentro de nuestras
camisetas. Los de Buenos Aires habían llegado con hinchada propia. Pude reconocer a algunas chicas de la
división. También estaba Marcela.
 Arrancamos el partido un poco nerviosos. Todos eran pases largos para ver si Cacho cumplía con su promesa de hacer un
gol. Ellos jugaban más tranquilos y de a poco se fueron acercando. En un
córner, la pelota picó y me pegó en el brazo. Estaba cerca de nuestro arco
(hubiera sido penal). Hubo algunas protestas, pero el referí entendió que había sido casual. Por
suerte.
Dibujo: Carolina Pérez,Â
Animación: Francisco Villarreal
  El primer tiempo terminó
empatado. No habíamos estado tan mal, después de todo. No habían podido con
nosotros. Salimos a la cancha para el segundo tiempo. Sentí más fuerza que
temor: Marcela había sonreído.Â
 Los de Buenos Aires atacaban. Uno de mis rechazos llegó a los pies de
Cacho. Se había quedado solo a la espera de algún pase. Enfrentó al arquero y lo
descolocó. Cambió de pierna y pateó con la menos hábil. Gol! 1 a 0 .
 Así terminó el partido. A puros abrazos. Cuando me iba me dijeron algo desde la
tribuna. Yo me di cuenta de que no eran saludos amistosos. Me acerqué para ver qué
querían, pero sentí que unos brazos me agarraban. Me contuvieron, aunque no tenía intención de
pelear.Â
 Era hora de festejos. Había sido una victoria
importantísima. Todavía no había terminado el campeonato pero nos sentíamos
campeones.