Miguel Angel
Turco
Toma en tus manos una vela,
mira su llama quemando la cera
y observa su mecha impiadosa
peleando su vida con aire triunfal
y resiste ser llevada a los templos
donde ya no se puede quemar.
Toma en tus manos una piedra,
mira esa roca como pudo caer
vencida de aguas, de aires
un d�a fue parte del cerro
que fue m�s grande que el mar.
Extiende tus manos al cielo
y atrapa en ellas un manojo de viento
y mira, como un aliento
no se deja atrapar.
Y pon en tus manos las nubes
y observa como se van,
empujadas por el mismo viento
que quisiste en tus manos tomar,
Pon en tus manos un trozo del sol,
y mira como alumbra los dedos
y se queda buscando sin peros
un horizonte por donde escapar.
Toma en tus manos un pu�ado de tierra,
y mire como se escurre
entre dedos abiertos que dejan secar
la semilla que un d�a cre�a
en �rbol erguido poderse formar.
Toma en tus manos una gota de agua
mira como moja y se evapora en tu piel,
que un d�a fue r�o y corri� a la mar
y hoy es desierto de arena y de sal.
Ponte de frente al �rbol plantado,
que en tierra profunda resiste
embates del tiempo y la tempestad
y escucha el arrullo que el aire
canta en sus hojas, al hacerlas temblar.
Si puedes hacerlo, entonces ver�s
un exacto reflejo de mi realidad,
y me ver�s tal cual, completo,
sin que nada se pueda escapar.
La vela y su llama es mi flama
que ya no quema ni alumbra
ni encuentra templos de paz.
la piedra es mi alma que un d�a fue parte
de enorme monta�a que al valle miraba
y ahora no es nada, mas que escombro perdido
y ni un solo latido qued� sin golpear.
El viento es el riesgo, que tom� enga�ado,
las nubes son sue�os, aquellos dorados
que se fueron, empujados
por la verdad de los vientos.
Y el trozo de sol es mi luz, mi mirada
que se esconde cansada y lejana
dejando destellos que ya son ocasos.
La tierra es mi idea, del mundo, de todo
acaso,
ha sido muy f�rtil, tal vez alg�n d�a
mas ahora es est�ril y no tiene cabida,
y sin remedio sec� la semilla
que hab�a plantado con tanta emoci�n.
El agua es de m�, las ganas, la voluntad,
se escurre tan f�cil que inspira piedad
y moja tan poco, que no puede m�s
saciar el deseo de vivir de verdad.
Y el �rbol, yo soy, entero y frondoso
que clavado en la tierra pudo aguantar
embates del tiempo eterno y furioso
y sequ�as de agua y de soledad,
pero tan d�bil que tiembla miedoso
cuando la brisa lo toca, con su suavidad.
