LIMONES

Diego Remussi

 

El pueblo era chico y se dedicaba exclusivamente a la cosecha de limones. Limones amarillos y amargos. Limones grandes y amarillos como el oro.

El pueblo no tenía nombre. Aunque, más allá, la arena había puesto nombre a un desierto. Los árboles crecían alineados al costado del río. Los limones se veían desde lejos, sobre los árboles, entre los pájaros.


Dibujo: Carolina Pérez - Animación: Francisco Villarreal
La gente se subía en escaleras. Agarraba cada limón y lo metía en canastas de mimbre. Los llevaban hasta el pueblo. 

Siempre había gran cantidad de limones en todos lados. En los negocios, plantitas de limón. Los gajos crecían cerca de las ventanas y el sol amarilleaba esos limoneros sin fruto. 

Había limones en las casas. Las mujeres los usaban para hacer la comida pero también dejaban algunos limones como centro de mesa, en una fuente adornada con hojas de limonero.

Y en la fábrica, los limones rebalsaban. Ahí, los empaquetaban y los preparaban con sus hojitas, para su comercialización.

Los habitantes estaban acostumbrados a vivir entre limones. Y les gustaba que fuera así. Las mujeres preparaban recetas exquisitas a base de limón y los hombres conocían de sobra los pormenores de su cosecha y recolección.

Pero el pueblo no tenía nombre. Ni siquiera figuraba en los mapas. Quedaba cerca de un desierto que sí era conocido. Allí el sol rebotabasobre una arena cada vez más amarilla. Era tan difícil atravesarlo que muchos se quedaban a mitad de camino y jamás llegaban a conocer el paraíso de los limones.

Quizás fuera por eso que no había extranjeros en el pueblo. Cuando llegaba alguno era una fiesta. El aventurero no podía creer que hubiera un río lleno de limones al final del desierto.

Y los hombres del pueblo, que recibían tan pocas visitas, lo atendían como a un rey. Los aventureros se dejaban llevar y se decían lo bueno que era ser rey aunque fuera por un día. 


Dibujo: Carolina Pérez - Animación: Francisco Villarreal

Soñaban con vestir terciopelos y tirarse a nadar. Pero la fatiga del viaje los volvía dóciles. Dejaban de lado sus ambiciones y no se oponían a que los colmaran de limones y atenciones. Que un juguito de limón exprimido, que un sabroso helado sabor limón. Comían ensaladas condimentadas con limón y milanesas amarillas de tanto jugo de limón que le ponían. Después, un tecito con limón para hacer la digestión.

Ningún extranjero se quedaba más de una semana. Luego de reponer fuerzas, volvían a irse. Preferían el desierto a seguir probando recetas cada vez más sofisticadas a base de limón. Casi todos huían después de la sopa limonera de invención autóctona.

Los hombres lamentaban esas pérdidas pero confiaban que por el camino de arena volvieran a aparecer extranjeros que apreciaran el sabor de su fruta más preciada. Además pensaban que los que se iban hablarían maravilllas de ellos. Quizás los recomendaran para que algún día alguien se acordara de ponerlos en el mapa.

Los hombres tenían las manos amarillas, pero eso no era extraño debido a la cosecha de limón. Los niños crecían con la rugosidad típica del limón en la piel. Y las mujeres tenían las caras con forma ovoide, alargaditas como un limón.

Un hombre llegó un día. Se bañó en el río con agua seca. Se zambulló de cabeza en la arena, pensando que habría allí un cauce con agua y limones.

Luego, quiso probar el fruto amargo y amarillo. Unos limones sobresalían de un árbol invisible. Tocó ramas que se le deshicieron entre las manos. Los limones subieron de nuevo al sol y se juntaron al amarillo del que se habían desprendido.

Y se dio cuenta de que lo que quedaba de ese paisaje, era apenas un charco de agua, un oasis que en vez de palmeras había tenido limoneros. Quedaban allí esparcidos restos de hojitas de un árbol siempre verde. 

Se sentó en la arena, sin una gota de agua en su cantimplora. Tomó un limón invisible que por suerte había quedado debajo de la arena. Aunque sabía que era un espejismo lo exprimió con fuerza, tratando de llegar a la pulpa amarilla del limón. Un sabor amargo le llenó la boca. Tenía las manos vacías.

Y ahora con menos sed, se dio cuenta de que quizás aquel pueblo del que le habían hablado podía estar más adelante y que quizás habría equivocado los cálculos. Con un poco de voluntad, podría llegar al oasis de limoneros.    Qué bien le vendría ahora un lemon pie o una mousse de limón.

Sonrió y siguió caminando, buscando el lugar inexistente. Imaginaba a lo lejos la presencia de los limones. Pero lo único que veía era el sol cada vez más amarillo. Redondo y grande como un gran limón.

 

 

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