LA TRAICION DE EMILIO CARDENAS

Eduardo J. Quintana

La mesa rectangular del bar ubicado en Avenida La Plata y Pedro Goyena, epicentro de una mítica barra de amigos. Esas barras que merodeaban el barrio de Caballito, iluminando ese sentimiento que significa la palabra amistad y ese amor por las tradiciones de su lugar de origen.

El Lucho Gimenez, un típico trabajador jornalero de la industria del calzado, lo que se llamaba aparador. Dueño de una imagen bonachona, de procedencia humilde y de un presente ajustado económicamente.

El Tano Simone, el de la familia numerosa, siendo el menor de doce hermanos. Amante de la música clásica, de ideas socialistas y una pasión oculta, la buena cocina.

El Inglés Pedro, alias Peter, hombre rubio alto y de excelente presencia. Contador Público Nacional, de muy buen pasar económico, amante del fútbol y de las mujeres.

El Gordo Felipe, el canillita. Vendedor de diarios, de baja estatura y prominente abdomen. Tanguero, futbolero y burrero de pura cepa.

Y cerraba la mesa el Boga Ricardo. Abogado penalista, estudioso, pintón, siempre trajeado y con corbata. Un característico elegante y ganador.

Una mesa variada, con distintas posiciones ideológicas, futbolísticas y económicas.

Con diferencias casi insoslayables en las formas de vivir; pero con tres consignas básicas, mantener la amistad pergeñada en años, ser fieles a sus reuniones diarias y por sobre todo, amar a su barrio.

Una mesa para seis personas, con cinco integrantes y una rica historia que se prolonga a través de los años.

Una silla vacía, que allá por los años setenta era ocupada por el sexto miembro de esa eterna barra de amigos.

Allá en la época del hipismo, en que los Rolling hacían de las suyas, donde reinaban los Beatles y Lennon le cantaba a la paz. Cuando Sui Generis, gritaba libertad y el Oso escapaba de su jaula. Allá lejos y en esa época estos veinteañeros amigos sellaban un pacto de amistad entre ellos y de lealtad hacia el barrio.

Ese mismo barrio que los había visto nacer, ese sitio que cobijó a sus padres, que anidó su infancia, que los vio crecer y realizarse.

Seis amigos que junto a la ventana que daba a Pedro Goyena, solucionaban los conflictos políticos, restauraban la economía nacional, manejaban las tácticas futbolísticas, sabían tanto de tango como de rock. Una conjunción perfecta de sabiduría e ignorancia, de historias reales e imaginarias.

Con un testigo clave, que vio el crecimiento de cada uno de los integrantes, el mozo Santos Fernández. Un peladito de baja estatura e impecable guardapolvo blanco. Introvertido y muchas veces, centro de los chistes filosos de la barra.

Santos, como era llamado por los muchachos, había visto crecer la amistad de los seis ocupantes de la  concurrente mesa de la ventana, de ese bar de Caballito.

Las noches de los Viernes y Sábados de esa década, tenían al bar como paso previo a la visita que los muchachos realizaban a algún club o boliche bailable.

Un lugar de deliberación previa a la decisión del sitio donde se iría a bailar, que casi siempre era el popular club social del barrio.

Y fue en un Carnaval del ’75, cuando el sexteto concurrió a bailar al  viejo club, donde ya algunos tenían sus amigas y compañeras de baile.

Esa noche sería una bisagra, en la irrompible unión de amistad que existía, entre los seis miembros de la barra.

La aparición de una rubia, amiga de la pareja del Boga Ricardo, eclipsó a Emilio. Y de ese fenómeno a primera vista, nació un amor pasional y descontrolado entre el Flaco Emilio y la rubia llamada Luján.

Esta hermosa y estilizada mujer, nacida y criada en Barrio Norte; de condición social elevada, no cuajó nunca en la idiosincrasia de la barra de Caballito.

Las presiones ejercidas por su pareja fueron dando sus frutos, hasta que en un determinado momento, el Flaco Emilio tuvo que tomar parte de una elección, Luján o sus amigos, una nueva condición social o su vida en el populoso barrio de Caballito.

La decisión fue dura y largamente pensada, la hora del casamiento llegaba y con el mismo se produciría su partida hacia Barrio Norte.

Una noche, estando los seis reunidos, Emilio comunicó su pensada decisión:

Bueno muchachos tengo que comunicarles,....

¿Qué pasa Emilio, porqué tanta celeridad?.  Interrumpió Felipe.

Hmmm, ¿Qué pasó Emilio, algo de la rubia, no?. Dijo Ricardo.

No muchachos, la cosa va en serio, me caso y me voy a vivir a Barrio Norte. Explicó Emilio

¿Cómo?   Dijo enfurecido Lucho.

¡Que me voy Lucho, me voy a vivir a otro lado!   Aseguró Emilio.

¿ Cómo que te vas? ¿Y la amistad, y el barrio? Dijo entristecido el Tano Simone.

¿Qué querés que haga?.   Igual nos vamos a seguir viendo.   Aseveró Emilio.

Allí Pedro se levantó de su silla y con los ojos llenos de lágrimas, se retiró sin emitir opinión.

¡Vos no podés hacernos esto, Emilio!. Replicó enfurecido Felipe.

Sí muchachos es una decisión tomada. Afirmó Emilio.

¡Sos un traidor! Expresó con toda su bronca Lucho.

Y allí los demás, el Tano, Felipe, Ricardo y Lucho; tomaron el mismo rumbo que Pedro, retirándose del bar.

Allí quedó solo, sentado en la amplia mesa, todavía ocupada con los pocillos de café, pero con sus cinco sillas vacías.

Tomándose la cabeza, sin entender la reacción de sus amigos, sin entender el porque de esa dolorosa palabra: “Traidor”.

Su corazón estaba destrozado, y fue allí donde surgió la voz del introvertido Santos.

¿No te entienden, verdad?

No Santos, me llamaron traidor. Dijo Emilio.

Es que no soportan que alguien los abandone. Explicó el experimentado Santos.

Pero no entienden que igualmente voy a venir a verlos. Ensayó el Flaco.

No, Emilio no prometas eso, por favor, tú no vuelves más. Expresó el mozo.

¿Por qué decís eso mozo? Preguntó Emilio.

Porque yo he dicho lo mismo cuando partí de España y todavía no volví.. Acuérdate de estas palabras. Tú no vuelves más.

Estas últimas palabras llegaron muy adentro de Emilio, al punto de hacerlo llorar.

Así fue la historia, llegó el casamiento, la mudanza y el abandono de sus raíces.

Tanto Lucho, como Felipe, Ricardo, Pedro y el Tano; sellaron aún más su amistad y jamás perdonaron la traición de Emilio, el de Barrio Norte.

Sólo una vez volvió, tratando de limar asperezas y los cinco miembros de la barra en forma instantánea, tomaron la misma resolución, abandonaron el bar.

Los años pasaron, así como pasaron los autos último modelo de Emilio, que los mostraba a su ex-barra, en ocasiones de visitar fugazmente a su madre.

Los años pasaron, pero los cinco amigos cincuentones siguieron con sus noches de café, sus charlas sobre política, economía y fútbol.

Muchas cosas pasaron en esas casi tres décadas, pero solo una tocó profundo el corazón de la barra. La traición de Emilio Cárdenas.

Ver entrevista exclusiva por Maite Mainé