2da. parte

SANGRE DE ARDIENTE EUCARISTIA
Nicasio Urbina

 

LA HEJIRA

     Estoy acorralado en un poema de siete versos que resume mi existencia -no los hechos formales sino el devenir del ser- y me siento doblegado por su hechizo.  Aunque aún no ha cobrado forma en la conciencia de mi intelecto, ya lo siento bullir en mis arenas con palabras compuestas de miradas y sonrisas.  El poema que he estado buscando por semanas y meses ha empezado a conformarse en mi inconciencia.  "Hilo numeroso de interrumpidas secuencias/ que condena al hombre a una existencia precaria".  Si pudiera fijarlo a los espacios desiertos de mi mente y vivir sus metáforas simples, asir sus dimensiones metafísicas.  Pero no es así.  Estoy acorralado entre siete acordes.  Siete extraños que me rodean en un heptálogo que no entiendo, un heptaedro impenetrable.  Los primeros planos de sus rostros pálidos, cadavéricos, desesperadamentacosincansables.  Los ojos turbioverduscos que se parapetan tras las imágenes simples que trato de explicarme.  Sé que tú estás tras estos calvarios poéticos de la existencia, acechantementalertidespierta, los parámetros de mi desierto, dunas erráticas a las que fijo mi existencia.  Y me encuentro aquí, acorralado en la siempremutable dirección de un devenir ubicuo e inlocalizable.

       Escúchame Bonifacio, escúchame aunque sea la última vez que escuchas a alguien en tu vida, me decía una tarde lánguida.  Tienes que sobreponerte, extraer fuerzas de tus venas abiertas, y enfrentarte a los seres que te centriconforman.  Tú has sido un rebelde en los más endemoniados campos, pero has condescendido con tus amos.  Aunque te sorprenda y te indigne, Bonifacio, acéptalo.  Has sido débil en tus caídas y sumiso con tus adversarios.  Te lo digo yo que te he visto reptar hasta la pata ungulada y regodearte en la corrupción de la carne.  Tú te has imprecado innumerables veces, y has llorado de miedo ante las visiones estertóreas del deseo, pero has dejado que un extraño te domine y has completado siempre, indefectiblemente, el ciclo trazado por la mano foránea.  Rebélate Bonifacio, no temas a la atrocidad del crimen ni a la posesión de la sangre.  Esas son sólo formas externas.  Es más excecrable la condenación en que vives, la voluntad manejada por recursos de quiromancia, tu vida de zombi.

     No sabrás cómo llegaste a estos parajes inmundos.  Tomarás conciencia de ello como se toma conciencia del despertar tras un sueño tan pavoroso que impide el sobresalto.  Abrirás unos ojos desmesuradamente grandes, casi perdidos en unas órbitas galáxicas, y permanecerás tirado en el suelo, sin atreverte a mover un solo músculo de tu cuerpo.  Con tu mirada recorrerás el perímetro del escenario entrecortado por desperdicios, tratando de encontrar en los tachos de basura el peligro que tu espíritu advierte.  Tu fino oído percibirá el murmullo de un incisivo perforando un hueso.  Más habituado al desconcierto tratarás de olfatear los sonidos que te circundan; pero será tan hiriente la permutación que tu sentido sólo te llevará al asco, a las inminentes arcadas.  Por fin encogerás tus patas impulsando el tronco, y lograrás una distancia entre la piel suave de tu abdomen y la alfombra muelle, pestilente.  Impulsado por tu espíritu de espeleógo empezarás a husmear la abrupta geografía, la cabeza casi rozando un piso fluctuante, y en medio del caos de olores desubrirás la piel grisácea, el hocico obtuso escondiendo los mortales incisivos.  Retrocederás hirsuto, los músculos de tus patas tensas, el tronco echado hacia atras, pero tus ojos monocromos no te permitirán percibir la figura camuflada en la penumbra, atravezando el espacio con cualidades aéreas hasta estrellarse en tu costado, a la altura del muslo, clavándote ponzoñosa el marfil de sus dagas.  Impulsado por el dolor dirigirás tu hocico hacia el empalme de tu flanco, buscando en un vacío ciego el cuerpo inmundo que viola tu ser.  Enfrentarás a unos ojillos negros tus fauces erizadas de dientes, sintiendo cómo por dentro tu carne está siendo roída, desgarrados tus músculos.  Y apresarás entre tus mandíbulas aquel cuerpo fofo, asqueroso, y apretando con la ciega fuerza del asco y el dolor, estriparás su fláccido ser sientiendo una sangre morácea lavando tus fauces.  Sin haber aún ultimado a tu verdugo sentirás furiosos hincones en tu cuerpo, y verás en derredor nubes de ratas emergiendo como muchedumbres, blandiendo simbólicos sus dientes roedores.  Entonces comprenderás que el repliegue no es cobarde sino simplemente inteligente, e impulsarás tu cuerpo con una fuerza inusitada, coordinando tus movimientos con una armonía de pavor desbocado.  Correrás saltando los baches de sobrantes putrefactos, sintiendo aún unos dientes pequeños pero flagelantes hendidos en tu carne.  Huirás despavorido por el medio del basural hasta llegar a un callejón elíptico, de bujías apagadas por la miseria y corros temibles agrupados en las esquinas.  Te creerás a salvo de la pendencia, fuera de ese mundo sórdido, y pensarás que has ganado la esfera tibia de la comprensión y el amparo, cuando una lluvia de pedradas se abatirá sobre tu lomo y escucharás improperios y lisuras.  Cabizbajo huirás por una callejuela húmeda, salpicada de obstáculos, y sin saber cómo te encontrarás en una avenida extensa, presa de un tráfico enloquecedor.  La atraversarás entre un estruendo de motores y frenazos, cegado por ígneas luces y gritos de terror.  Alcanzarás el andén tras una constelación de insultos, atropellado por la furia de un tranvía, y atravezarás la plaza donde grupos animados perpetúan su tiempo.  Sin saber por qué correrás hacia las desleídas luces intermitentes en un repentino aguacero, sufriendo las risas de las niñas y las coces de los hombres que transitan por el parque.  Al otro lado te internarás por una calle concurrida, escurriéndote por entre las piernas de los transeúntes, escuchando los gritos de las prostitutas que regatean en los portales, y entrarás asustado en un recinto oscuro poblado de mesas y de parroquianos que buscarán refugio causando un revuelco de muebles.  Sentirás sobre tu lomo el impacto del cristal y las patadas, escupitajos de desprecio, miradas burlonas, y correrás más despavorido aún, buscando ahora la puerta por la que en un momento entraste, trasponiendo la calle y alejándote por un callejón empinado.  Huíras persiguiendo la oscuridad lejana donde creerás vislumbrar una tranqulidad perpetua.  Pero la distancia te parecerá insalvable y te abandonarán las fuerzas cuando sepas que aún te falta camino.  Por fin te detendrás en una curva del sendero y te echarás en una acequia, la lengua rosada lamiéndote los filos de los dientes, abatido por las penas y los dolores.

     Salgo del taller obsedido por un verso gaseiforme, inasible en su materia pero condensando -lo siento sin saberlo- la raíz última de mi persistencia.  Prefiero caminar hasta mi casa por las veredas limpias, despejadas; escuchando unas voces que me interpelan con angustia y alegría.  Revivo en el trayecto tus palabras de aliento, la mano que depositaste en mi hombro en el momento de partir, los ojos que me diste.  La imposibilidad de figurarte en el verso me domina: "Y como un vario/ acento levantábase a mi diestra,/ puse atención al monte solitario:/ Yo hablo también, me dijo, y mi siniestra/ lengua es sombríamente natural;/ la vida primitiva se encabestra/ en mis entrañas; va de caza el Mal,/ hasta que el hombre, el perro del Destino,/ le muerda el corazón a lo fatal."

DIOSES Y DEMONIOS

     Al despertarme tuve la clara visión de que me necesitabas, que en cualquier lugar que estuvieras requerías mi presencia.  Pensé que era mi deber buscarte.  Me vestí de prisa y salí a la calle.  En realidad no hallaba por dónde empezar.  !Sabía tan poco de ti!  Me deje llevar por mis pasos a lo largo de soleadas avenidas escrutando el interior de los cafés.  Me paseé por la plaza empedrada, atravesé el parque.  Sabía que las posibilidades de encontrarte eran una en un millón, pero me batía entre la duda y la irracional esperanza.  Entré al museo de Arte Moderno y busqué por la biblioteca, en la sala de lectura, entre los estantes; luego salí a la galería y recorrí los largos pasillos entre cuadros angustiosos y desproporcionados.  Al transponer la trilogía de la Creación te vi sentada en un banquillo, en el ala oriental, frente a un cuadro en el que un can luchaba contra el Cosmos.  Al verte comprendí que eras tú, pero que no me habías llamado, que lamentablemente yo no habitaba en tu conciencia; y que la necesidad de buscarte había nacido de mí, probablemente en las pesadillas nocturnas.  Instintivamente di media vuelta y me detuve ante el segundo cuadro de la trilogía, escondiéndome al ángulo de tu mirada, sin ver el fantasma barbado que esparcía gotas de agua sobre el mundo de brasas.  Me dio miedo ir hacia ti.  Temía despertar tu ira.  Jamás había osado desafiarte con una acción semejante.  Siempre tú habías venido a mi, apareciendo súbitamente de entre las sombras, con tus ojos grandiverduzcos clavándose en mis facciones.  Siempre había acatado tus designios escondiendo mis miradas en los espejismos del paisajes.  Caminé en sentido inverso hasta el recinto central que divide el museo en cuatro cuadrantes iguales.   Ahí me dejé caer en un sillón, fatigado; con la certeza de que tendrías que pasar por aquí, inevitablemente, y que entonces te enfrentaría.  Sentado ahí decidí esperar cuanto fuera necesario, pero esperándote desde el primer minuto.  Tomé no sé qué libro -ni siquiera llegué a leer el título- entre las manos y traté de hundir mi atención en sus páginas, pero mis sentidos estaban todos en los sonidos de los pasos que se acercaban, en el taconeo donde creía reconocer el movimiento de tu marcha, y cuando ya no aguantaba más levantaba la cabeza para encontrarme con un rostro extraño, desconocido.  Al cabo de una hora la impaciencia pudo más que el temor, y decidí embestirte.  Caminé decidido hasta el hemiciclo y torcí a la izquierda; aterrado pude ver el pasillo desierto, el banco solitario. Me acerqué al cuadro y contemplé el cielo anubarrado, los elementos mostrando sus abiertas fauces y el digitígrado blanco, defendiéndose furioso en la tormenta: en una esquina del cuadro una mirada hierática parecía iluminarlo todo.  Corrí despavorido a la salida con la esperanza de alcanzarte antes de trasponer el pórtico, antes de que te esfumaras en la multitud; pero debí haber llegado demasiado tarde. Todavía esperé a la sombra de los almendros de la plaza, la vista fija en las columnas del museo, pero nunca salistes.  Con el sol en el cenit bajé la calle hasta los enigmáticos ministerios, con la imagen clara de aquel cuadro demoníaco y unos versos antiguos emergiendo de mí:  Hilo numeroso de interrumpidas secuencias/ que condena al hombre a una existencia precaria./  El divagar enfermizo por laberintos de voces/ en la tácita búsqueda del origen común.

     Para qué te sirve la literatura, Bonifacio, me interrogo a mí mismo, para qué el sacrificio de esos seres de ficción.  Para qué te puede servir la poesía.  Crees que de alguna manera has comprendido mejor la esencia de ti mismo, tus zonas oscuras.  Porque, Bonifacio, si la literatura es sólo una distracción, una forma de descansar la mente, no vuelvas a incurrir en el error y dedícate a labores más respetables.  Si sólo buscas la belleza estética podrías encontrarla en otros senderos sin infligir daño a nadie, Bonifacio.  Porque la verdadera literatura se escribe con lágrimas y con sangre, la autenticidad del hombre que despojándose del vestuario muestra sus llagas. Si no, mi querido Bonifacio, estás matando el valor de tu obra.  No es ni erudicción ni prolijidad lo que vale en una obra literaria, sino la exploración del alma, la búsqueda en los oscuros recodos del espíritu, la capacidad de conocimento.  Por eso la verdadera obra de arte no puede ser pura imaginería, su carácter perenne radica en que es testimonio de vida, Bonifacio.

     Subo al autobús y me siento en la última fila, la mirada oblicua clavada en el mundo en retroceso.  Nunca había reparado en ese cuadro del museo de Arte Moderno; sin embargo, es tan nítido el recuerdo, tan intenso.  Quizá ahora ella me deje en paz, por fin, y podré recomenzar mi existencia.

     Descenderás del colectivo ya caída la noche.  Te sorprenderá la rapidez del tiempo, la facilidad con que la arena cae desgastando los siglos.  Pensarás que la vida es un efímero viaje en autobús por parajes extraños, por rostros que nada te dicen y nunca volverás a observar.  Si al menos un encuentro fortuito te asegurara que ése eres tú, en ese asiento, en ese instante del tiempo; si al menos un cálculo geodésico arrojara tus coordenadas.  Recibiendo el aire de la plaza pensarás que en los sueños las sensaciones son a veces tan intensas como en la vigilia, y que perfectamente todo podría ser una pesadilla, una fatal alucinanción; pensarás, caminando en dirección a los muelles.

     Tú luchas, Bonifacio, contra un dragón de siete cabezas.  Es una lucha desigual, lo reconozco.  Tienes en tu contra la falta de voluntad, la ignorancia, la soledad, el miedo, los descontrolados sueños, el hastío.  Y con qué armas luchas.  Pobre Bonifacio, con un lenguaje ambiguo que desvirtúa tu intención, con una mirada inane.  Sé que has tratado, que has buscado el amor que te salve de la inanición, el género poetidramatinovelístico que explique tus mutaciones, tus desgarramientos.  Pero aún tienes vida, Bonifacio, aún.

     Bajarás la cabeza fría, resbaladiza, viendo acercarse los barcos silenciosos, las grúas inmóviles.  Rondarás por los embarcaderos donde los estibadores duermen sus pesadillas bajo hojas de periódicos, y por un momento tratarás de imaginar sus sueños de pobreza.  Fatigado te tumbarás en unas cajas viendo al infinito, y notarás que el cielo está desierto, solitario; como cubierto por una mirada verdosa.  La hormiga que escala por tu cuello tiene más raíces que tú, está más fijada a este mundo, pero al llegar a tu mejilla la arrollará una lágrima vertiginosa.  Te erigirás como un día se erigió el simio para observar el infinito, y caminarás hacia el sur, donde el puerto se convierte en acantilado.  Verás a tus pies la roca húmeda donde la vida se aferra a sedimientos calcáreos; la luz intermitente del faro rompiendo la noche con sus tonos rojos, alucinógenos; las luces urbanas reflejando en el mar un rostro sicalíptico.  Tendrás la sensación de lo ya vivido, de la fatigosa repetición; porque hasta en los momentos cruciales de la muerte te perseguirá el cansancio de la duplicidad humana, la conciencia de la especie que ha atesorado todas las experiencias vivibles.  Te quitarás los zapatos seducido por la intuición de que incurrirás en terreno sagrado y vendrán a tu mente unos versos inconclusos.  Imaginarás tu cuerpo rompiendo el vacío vertiginosamente, rodando por ese acantilado agudo, y tratarás de anticipar la sensación de la muerte.  En esas fracciones de segundos repasarás como en un álbum las facciones de los hombres que has amado, las miradas compasivas que un día te regalaron.  Tendrás la sensación fatal de que nadie te espera, que no hay un solo ser en el mundo que sentado en un rincón, vea transcurrir las horas esperando verte trasponer una puerta; pero también deduces que al otro lado la ausencia es igual: fría y verdosa.  Y entonces el sacrificio habrá sido en vano, y tu oportunidad de encontrarte, irremediablemente, habrá salvado la esquina.  Entonces tampoco la muerte valdrá la pena, porque ni siquiera el suicidio planteará una verdadera salida a la existencia.

SANGRE DE ARDIENTE EUCARISTIA

    Fue entonces cuando pensé intitular mi poema "Sangre de ardiente eucaristia", y me di cuenta que lo más honesto era dedicárselo a Alfonso Cortés; no sólo porque el título fuese suyo, sino porque en gran parte estos versos le pertenecían.  Cortés ha sido una especie de maestro protector, el hombre en cuya angustia vi repetida la mía, y cuya palabra llegó hasta mí con más fuerza y claridad que ninguna otra.  Esta vez llegó no con sus cuartetas vivas sino con mis propios versos, en un momento desolador en que me disponía a abandonar la vida.  Levanté la vista al cielo y lo encontré más claro, más sugerente, sin ese olor turbioverdusco de las miradas aterradoras.  Si la comunión de las lenguas en una sola cifra/ o el encuentro del alma en una nota unívoca/ pudieran llevarme a la plenitud de mi ser.  No había ganado la placidez monocorde de ciertas melodías, pero al menos mi sinfonía entraba en un movimiento menos patético.  Observé mis manos que aún tenían el temblor mortal de las horas de sufrimiento, y sentí mi cuerpo aporreado, exhausto. Reconocí en la aurora marina mi sino de escritor, de creador de ficciones, y lo acepté complacido, dispuesto a ayudarme a la par que ayudaba a esos hombres y mujeres que viven en mi prosa.  Emprendí camino arriba sintiendo en mis pies la presencia del mundo, las baldosas tibias del deambular diurno; y tuve la feliz impresión de estar asiendo algo concreto. Ese día amaneció el mundo con una luz transparente, con un pregón joven; y a pesar de mi apariencia de mendigo me sentí aceptado en toda mi dimensión, sentí mi alma henchida y rebozante de gusto, mi espíritu diáfano como el de un recién nacido, mi sangre nueva y poderosa.  Circunvolé la iglesia del Calvario con sus naves dilatadas, el parque donde los pintores tendían sus telas y sus colores, los techos rojos de la Biblioteca Nacional donde en un bargueño de caoba se agitan unos versos que me llaman:  "Yo soy el mercader de una divina feria / en la que el infinito es círculo sin centro / y el número la forma de lo que es materia".

Catedrático y Director del Departmento de Español y Portugués, Tulane University, New Orleans, USA
EDUCACION:  Ph.D. Literaturas hispánicas, 1987 Georgetown University, Washington, D.C.; M.S. Enseñanza de lenguas modernas, 1984 FIU, Miami, Florida; B.A. Literatura española, 1983 FIU, Miami, Florida.  
LIBROS:El ojo del cielo perdido. Managua: Centro Nicaragüense de Escritores, 1999 (Cuento)
La estructura de la novela nicaragüense: análisis narratológico. (Premio Rubén Darío 1995). Managua: Anamá, 1996. 150 pp.
Sintaxis de un signo. Managua: Decenio, 1995. 87 pp. (Poesía) Segunda edición 1999.
La significación del género: Estudio semiótico de los ensayos y las novelas de Ernesto Sabato. Miami: Universal, 1992. 198 pp.
Bibliografía completa de y sobre Ernesto Sabato.Montpellier:Université Paul-Valéry, 1990.Volumen especial de Co-texte, #19-20. 67 pp.
El libro de las palabras enajenadas. San José: Educa, 1991. 127 pp. (Cuento) 
NOMBRAMIENTOS DIPLOMATICOS: 1997-98 Embajador de Nicaragua ante la Organización de Naciones Unidas. Representante Permanente Alterno, New York .PREMIOS Y BECAS:
-Miembro de la Academia Nicaragüense de la Lengua 1999-Presente
-Distinguished Alumnus 1999. Florida International University.
-Premio Internacional Rubén Darío 1995.
-Tres veces ganador de la Mellon Foundation Summer Research Grant.
-Miembro de Honor del Instituto Nicaragüense de Cultura.
-Orden Académica Miguel de Cervantes.
-Distinguished Faculty Member, Alpha Mu Gamma.

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