EL MARINERO

René Mario Hernández

 

Hoy decidí no salir a pescar, a pesar que el mar está tranquilo; por el olor que trae la brisa y la dirección que tiene, me da el presentimiento que será uno de esos días que después que estoy mar adentro, éste se pone de mal genio y me arruina la jornada, de todas maneras, hace mucho tiempo que no me tomo un descanso y creo que ya mis huesos se lo merecen.

   —¡Eh, “Manjúa”!, tráeme algo que haga olvidar a esta garganta mía el sabor salado que siempre tiene.

Me gusta esta taberna, porque desde aquí sentado, logro ver todo lo que ocurre en este viejo puerto. Los barcos que llegan, que además de traer raidos marineros, también traen la esperanza de algo mejor y alguna que otra noticia de ese mundo que existe después de aquel horizonte que se pierde en el mar. No sé por qué siempre son mayores las malas noticias que llegan, que las buenas, pero de cualquier manera me entretiene saber cosas nuevas, ya que aquí en este escondido paraje de barcos y pescadores, sólo algún esporádico accidente llega a ser noticia. Como aquel día que vieron en la bahía el pequeño bote del viejo Pascual, aparentemente solitario y cuando se acercaron, vieron con asombro como en el fondo del mismo se hallaba el pobre viejo sin conocimiento, debido a que un pez sierra le había atravesado la pierna desde la madrugada anterior y después de matar al pez con un cuchillo, remó hasta donde le alcanzaron las fuerzas. Tuvo mucha pérdida de sangre, pero también, al parecer, mucha suerte y resistencia. Corrieron con él para el pueblo y a pesar de estar entre la vida y la muerte por varios días, con el favor de Dios volvió Pascual a sus andadas, aunque quedó cojo para siempre, salvó la vida. Después de todo, a este puerto le faltaba un cojo y ahora yo diría que Pascual adorna el paisaje con su compasado caminar.

—¡Adiós Doña Crecencia!...

El que la ve ahora, no es capaz de imaginarse que clase de mujer era en sus años de mocedad; caminaba con su cesta de panecillos, que sus pasos parecían notas musicales y yo el más grande admirador de aquella melodía que formaba con su andar. Nunca ella lo supo, no sé si fue por cobarde o que me sentía muy poca cosa al lado de tanta belleza, pero en fin nunca me atreví a decirle nada y, ¡mira que la vida tiene cosas caray!, vino a casarse con el tipo que menos valía en todo el puerto; bebedor, vago, nunca tuvo un céntimo partido por la mitad y no tenía cabeza ni para llevar el sombrero. Tal vez fue precisamente esta combinación de cosas, lo que hizo posible que se juntaran. Ella era tan bella que nadie se atrevía a decirle nada por considerarla demasiada buena moza y él no tenía cabeza ni para pensar en esa posibilidad, la enamoró y ella lo aceptó. ¡Qué lástima de conquista!, ella salió perdiendo. Al parecer este desarmado la contagió con alguna enfermedad de esas que abundan entre las mujeres de mala vida, y aunque el desgraciado ya murió, dejó el daño hecho. Hoy es apenas la sombra de lo que fue.

—¡Ah, Caray!, allá va saliendo del puerto “El Gaviotas”, aunque no es un tremendo velero por su tamaño, si tiene bien puesto el nombre, parece que vuela por sobre las olas. Siempre que lo veo no puedo evitar el acordarme de aquella vez que monté en él por primera vez como grumete. Era yo un mozalbete que apenas podía halar las sogas, pero necesitaba ayudar a mi madre que había quedado viuda al morir mi padre, al parecer en un naufragio, porque no se supo nunca en verdad que sucedió, lo cierto es que un día salieron él y dos marineros más a pescar y nunca regresaron; así que no me quedó más remedio, y a muy corta edad tuve que salir a ganarme algunos céntimos. En “El Gaviotas” trabajé bastantes años, yo diría que fue mi mejor escuela para enfrentarme a la vida. Me enseñó que el mar es la vida misma, que en su superficie unas veces estas sobre las crestas de las olas y otras abajo, según sean las condiciones ambientales, pero allá en lo más profundo, es esencialmente lo mismo, los agitados cambios de la superficie apenas llegan a alterar su comportamiento apacible y denso de sus entrañas. En verdad no puedo dejar de reconocer que el viejo “Macabí”, capitán de “El Gaviota”, fue también un buen maestro; rudo, exigente, de pocas palabras y una fortaleza increíble. Le apodaban “Macabí” porque decían que era pura espina; pero en el fondo era un gran hombre, bondadoso y compasible. Gracias a él aprendí a leer y a escribir con su hija, que me enseñaba siempre que yo llegaba de regreso a puerto. Inés, nunca olvidaré su nombre, a pesar que ya murió hace algunos años. Nunca se casó aunque vivió enamorada de Juan, el hijo del carpintero, pero debido al desengaño que llevó cuando se enteró que su adorado Juan resultaba un poco “Juana” también. Un buen día se embarcó este Juan con un amigo y nunca más regresó al puerto. Ella estuvo muchísimo tiempo sin salir de su casa, pero el tiempo mismo, todo lo borra; además todos en el área, la respetaban mucho por ser la única que se ocupaba de enseñar a los muchachos  del puerto, en una pequeña escuela que improvisó en su propia casa, como el padre nunca estaba, así se sentía acompañada con los muchachos.

  ¡Manjúa, tráeme otro trago!, que ya de éste no queda ni el olor en el vaso y mira a ver si queda pan y carne salada. ¡Qué no sólo de alcohol vive el hombre!...

  Cuando nació era tan menudito, que cuando comenzó a caminar le  apodaron “Manjúa”, siempre fue muy flaco, pero eso sí muy inteligente y callado. Los muchachos lo fastidiaban mucho, pero el aprendió, que si no les hacía caso, pronto lo dejaban quieto. Yo le tengo gran estimación, porque ha sido el único muchacho del puerto que se ha acercado a mí para pedirme algunos de mis libros. Cuál no fue mi asombro cuando le presté un diccionario y resulta que se lo leyó desde la primera palabra hasta la última. Eso es lo que yo llamo interés en aprender.

  —¡Gracias muchacho!, dile a tu tío Ambrosio, que me lo apunte en la cuenta, para cuando Matías me pague el pescado salado que le vendí hace unos días, pasar por aquí y liquidar lo que tengo pendiente con él.

  Lo mismo que presentí caramba, ya se está formando una tormenta en  el cielo y dentro de poco tiempo estará lloviendo a cántaros. Mejor termino de comerme esta carne y el pan, y me voy para la casa a buscar algo para leer que me entretenga. Ya mañana será otro día y habrá que salir a pescar como siempre, pero hoy, hoy no hice nada, ¿o si?

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