SERIE: CUENTO...(S) CONTIGO

CUENTO Nº 3

Miguel Angel Turco


Se llamaba Anastacia, feo nombre para la moda, pero original y sentido para sus padres, que se lo habían colocado para honrar a Doña Anastacia Bermudez Orellano, una filántropa anciana del pueblo que siempre ayudó a familias muy pobres, entre las cuales, la de Anastacia, tenía cabida. Eran muy humildes, su padre era albañil, su madre, con las tareas de la modesta casilla apenas podía descansar, eran ocho hijos, más la suegra, y un par de perros...
Anastacia tenia el pelo rizado igual que su padre, los ojos verdes y saltones de su madre y la dulzura única de un ser misterioso y sensible. A los quince años, junto con un hermano mayor decidieron alejarse del pueblo, la triste historia repetida del desarraigo y el éxodo para encontrar en el monstruo centralizado una forma más digna de vida, pero más alejada de la tierra, de las cosas simples, del arrullo de un río, de las flores frescas, del olor a tierra mojada después de la lluvia, del pan casero...
Inquieta Anastacia, además de trabajar como empleada doméstica continuó sus estudios, terminó el secundario y consiguió trabajo como recepcionista en una empresa dedicada a las exportaciones. Se adaptó pronto, aprendía rápido, amaba lo que hacía aunque siempre recordaba aquel río pueblerino y el aroma de las flores del campo. Sus tareas incluían el envío y la recepción de correos electrónicos, se enteró de ese mundo virtual de computadoras, telemática, internet, se capacitaba día a día quería crecer y penso que cuanto más supiera más posibilidades tendría.
Por el azar de la vida, y por obligación laboral, debió tomar contacto con un cliente importante de la empresa. Los primeros contactos fueron netamente formales, pero su interlocutor, parecía poseer una dulzura especial, ella comenzó a imaginárselo y hacer los diálogos cada vez menos formales, hasta que ya no hizo falta la comunicación, había terminado su tarea, y se sintió vacía, pensó que iba a extrañar ese contacto tan nuevo, virtual pero tan real y tan placentero.
Anastacia se hacía llamar Any, todos creían que su nombre era Ana, la ciudad debora lo que no entiende o no se usa, y Anastacia sonaba demasiado antiguo, demasiado rural. Un sábado por la mañana, dispuesta a actualizar su trabajo, encontró un correo dirigido a ella, era aquel hombre de aquella empresa, solicitándole no perder el contacto, porque sentía que había descubierto en ella a un ser distinto y extraordinario. Ella aceptó y comenzaron a comunicarse a diario. Fueron dos años, de ir y venir con las letras y con las palabras, los separaba solamente la distancia que hay entre Buenos Aires y La Pampa. Se hicieron amigos por puro compromiso de no aceptar que los dos sentían algo más, que había una necesidad que trascendía lo virtual pero también iba más allá de lo físico, hasta que ambos aceptaron que estaban enamorados aún sin haberse visto nunca. Todos reniegan de un amor distinto, pero todos anhelan saber si puede existir, ellos lo supieron. El insistía en que ella le enviara una foto, pero ella, que era en verdad una mujer hermosa, además de la modestia y el pudor, alentaba el hecho de que si él la quería, no le importaría como fuera, él lo aceptó, pero pronto sucedió que el encuentro era inevitable, pudieron arreglar el lugar, la hora, el día pero el insistía en saber como hacer para reconocerla. Ella encontró la solución. Le dijo que iría a su encuentro con la carpeta azul de la empresa en la que él trabajaba, la tendría en sus manos, sobre su pecho con la carátula a la vista, por lo que no habría forma de confundirse. Y así fue que llegó el día del encuentro, él viajaría desde La Pampa en tren, se encontrarían en la estación terminal, iría de traje azul, ataché negro, camisa celeste, corbata al tono, no habría forma de no reconocerse mutuamente.
Cuando bajó del tren, buscó desesperado a la chica con la carpeta azul, se sintió feliz pero angustiado al mismo tiempo, no sabía donde mirar. Se detuvo al final del andén, lugar donde debían encontrarse, trataba de adivinar la silueta, la forma de su amada virtual, mientras esperaba ansioso y ya casi dudaba de que ella hubiera concurrido, se le acercó una joven, hermosa, pelo rizado, ojos verdes, curvas marcadas, una cara de ángel y un cuerpo endemoniado, falda corta, piernas perfectas, un encanto sublime, casi perfecto. Lo miró sugerentemente, casi provocándolo y se alejó por el pasillo que daba al salón de la estación. El dudó, fue algo casi inconsciente, si su chica no iba, si su amada no estaba, que perdería en tratar de encontrar a esa hermosa joven que pareció también interesada...
Estaba enfrascado en dilucidar la cuestión cuando de pronto vió la figura de una mujer ya mayor, de baja estatura, pelo canoso, ojos cansados, como vencidos por el tiempo y la pena, tenía un vestido simple, casi desalineado, zapatos bajos, y parecía confundida como buscando a alguien, en sus manos, tenía la carpeta azul, con la carátula a la vista. En ese momento el mundo pareció volverse una carga que pesaba sobre sus dos hombros, se sintió muy raro, casi desesperado, estaba en un estado casi indescriptible de sosobra y de conciencia, de instinto, razón y escrúpulos. Penso luego de un profundo respiro, que esa mujer había logrado emocionarlo, acompañarlo en los momentos más duros, supo rescatar su interior y ponerlo al desnudo, fue quien le dio motivos, razones y le puso una sonrisa cuando todo era negro y descreído. Pensó, que tal vez no tendría el romance que él había soñado, pero esa mujer era un ser extraordinario y que podría entablar con ella una noble y sincera amistad, invitarla a cenar y tener la grandeza para aceptar que a pesar de cómo lucía, ella era una persona valiosa. Se acercó casi con timidez, intentando una sonrisa cómplice, y cuando hubo de estar frente a ella, la saludó con dulzura.
-Hola Any, soy Carlos.-
La mujer, abrió los ojos aún más grandes y se sintió aún más sorprendida, casi tartamudeando por el apuro y la necesidad de aclarar todo le contestó sonoramente:
-Joven yo no soy Any, Any es esa señorita de pelo rizado y muy elegante que acaba de irse hacia la sala, me dio esta carpeta, me dijo que si un joven apuesto y amable me saludaba y me dijera su nombre, le avisara que ella está esperándolo en el restaurante de la esquina, yo no entendí muy bien, pero me dijo que era una especie de prueba...


 

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