AMORES DESENCONTRADOS

Beatriz Freijo



La voluptuosidad de la noche ronda sus manos llenas de caricias. Una noche más que vacía su contenido en la piel blanca de una hoja vidriada, y sus dedos se deslizan por las teclas con la pasión intacta, inquietos y húmedos de memoria, enredándose en las líneas de vellos tipográficos. Dibuja en el recorrido, el cuerpo del amor que vibra dando aullidos, perdiéndose en el aliento cercano de su boca. Una noche interminable eriza los poros venerada por la música de sus latidos y ella se siente casi infiel, protagonizando otras historias quizás, semejantes a la suya, quizás, la nunca vivida.

En algún otro lugar de la ciudad aquellos labios tan suyos, mojados en champagne, buscan la novísima excitación de los sentidos. Un algo diferente a la rutina de la que huye, como soldado asustado de una larga guerra de la que los dos son víctimas. Él buscará la complicidad de una mirada extraña que lo lleve a la profundidad de mares desconocidos, que tal vez no se atreverá a explorar, porque lleva el reflejo de otros ojos destellando en los suyos, pero vale el intento de bordear el límite de lo prohibido. Y volverá con un cansancio nuevo y misterioso esperando que no haga preguntas tontas e inevitables. 

Ella fingirá una sonrisa que ignora ese afán de conquista. Dirá que también está cansada. Y se dormirán como amantes inconfesos que no violan el espacio pactado, guardando en el sueño sus secretos, que tarde o temprano serán los testigos de la sentencia. 

El veredicto está dictado en amores como éstos. Porque estamos en la era en que la comunicación, salvo vía satélite o por cables, es el peor de los pecados, es confesarse humanos, diría... débiles humanos. Un error del marketing personal, área reservada sólo para grandes proyectos empresariales de la aldea global. Pero en el minúsculo compartimiento donde vibran sus almas, el caos reina en silencio. Se amarán secretamente para toda la vida, teniéndolo todo y no teniendo, sintiendo como sin sentirlo. Conscientes de ello vivirán así, hasta que la muerte, lectora incansable de Shakespeare, los vuelva a unir avergonzados. 

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